
Nace en Alicante una plataforma por el pudor y los carritos y los potitos católicos en las playas españolas. A las ya consolidadas y exclusivas playas sin humos o nudistas se pueden unir próximamente las recatadas, o lo que es lo mismo, espacios “familiares” donde las alicantinas que hagan topless o quienes usen tanga no puedan entrar ni tomar el sol. Verbigratia. A la playa se va tapado, peinado, abrigado y follado. Que luego se mete la arenilla en los pliegues. El niño con su slip y la nena con el bañador hasta las orejas. ¡Pero si ninguno de los dos tiene tetas!
En los corrillos, pues salen puntillitas. Es complejo abrir la discusión, pero se abre. La promotora del tinglado: María Isabel Martínez Aznar,
“es demostrar que es preferible lo mejor a lo peor, lo cuidado a lo descuidado, la elegancia al destape, el buen gusto a la zafiedad”. [...] “no es sencillo porque flotan en el aire las brujas que en Macbeth recitaban a coro lo hermoso es feo y lo feo es hermoso; revoloteemos por entre la niebla y el aire impuro”, (en alusión a los dudosos criterios de cierta estética actual).
Monjerío literario y caspa de esta señora. Ah, las señoras. Porque todo esto viene por las señoras. Aunque siempre salen defensores de la opción contraria:”Es que Uds no ven que el orden jurídico está plagado de imposiciones y muchas de ellas se ven bien y necesarias (tráfico, tabaco, alcohol, drogas, educación, medios informativos).” Pues no. Oiga mire. El ordenamiento jurídico (no es orden, no me la lie) está conformado (no plagado, si hablamos de ordenamiento seamos rígidos) por instituciones pactadas y regladas por la sociedad que, en su mayoría, acepta el bikini y hasta el topless, que en su mayoría ojea anuncios de moda con escasos centímetros de tela, que en ….. (primer sesgo mortal, la imposición contra el pacto civil).
La imposición, el hostión como mal necesario y preventivo, hombre, no digo yo que no sea el mejor de los métodos en algún caso. Pero si existen hostiones disimulados en la Ley, eso son errores, fallas abiertas en el ordenamiento y eso se ha de resolver, que supongo que le parecerá bien a la asociación propugnante. Vale. El ordenamiento no es coherente cuando existen conflictos de normas. O que dos o mas normas, que pertenecen al mismo ordenamiento, imputan al mismo caso soluciones incompatibles entre sí, y que dan lugar a que la aplicación simultánea de las normas produzca resultados incompatibles e imposibles (sic). Y esto se hace aplicando principios como el de la jerarquía normativa (en los reglamentos de uso de playas no sé, pero existe el principio superior de libertad en el disfrute a transitar por los espacios públicos sin joder al prójimo), el de cronología o temporalidad (cuando mi madre las mozas no podían remangarse la pantorrilla, pero ahora hasta las monjas tienen uniforme de verano), y el principio de especialidad (aunque el código civil condene el descoco moral integral, estamos hablando de playas y verano, coñes).
“Es que si permites que la gente pueda ir desnuda estás imponiendo a una serie de gente que vean a la gente desnuda; que hay unos señores que consideran que no es bueno para la educación de sus hijos ver tías en pelotas creen que se le impone una conducta nociva para la educación de sus hijos”
Aquí la madre de la borrega. No es que la gente enseñe sus genitales o cachas carnales, sino que la mujer puede asomarse como objeto perversor. Este rollo no va de las playas para las familias. Esconden una lucha peor, sexuada, la de sus mentes de macho protector (como te vea enseñando una teta, Mari, te hostio).
En estas playas (espacios públicos privatizantes si les dejaran a los de las familias), se baña y socarra la sociedad civil. Y los principales objetivos de la también denominada sociedad civil son la lucha contra la pobreza, la injusticia y la discriminación, especialmente de los colectivos más desfavorecidos, en este caso no el niño inocente sino la perversa de la mujer. Además, la mujer joven (segundo sesgo mortal, la mujer joven como encarnación satánica). Si el público se quejara contra el “poco pudor” de las mujeres maduras que sacan sus lechosas carnes, muslos y pechos (dicho sea de paso, los cuales me comería viciosamente aun añejos y sesentones), pues diríamos que es una queja contra la carne. Si habláramos de las desagradabilisimas panzas cerveceras de anasagastis semicalvos, coronadas por meybas o bañadores de decathlon, diríamos que es una queja contra el abandono físico y un problema de salud pública. Pero se quejan de que sus hijos ven tetas. Y cachas del culo. Ni siquiera es una pugna contra el nudismo, leo entre líneas. Es una greña contra el topless y los tangas. No va de vulvas afeitadas, agujeros traseros sobre los que merendaría cada tarde y metería mi lengua para rebañar hasta la última gota de mermelada o penes brillantes por la saliva de montones de pornófilos desenfrenados.
Que va, es la queja monjil del centímetro de pechuga, de cacha de la veinteañera o de la treintañera separada liberada (nadie ha dicho nada de restringir solo las playas a las parejas estables con experiencia demostrable durante 10 años, tiempo al tiempo). La queja católica sublimada, esta vez, al PA-TE-TIS-MO machista generacional.
A los Rajoyses. A los secretarios provinciales del Movimiento. Todos, a escondidas o con todo el rotro del mundo, clientes puteros, consumidores de porno en internet o en canal +, erotismo y guardianes de la moral de cara a la calle y a la procesión y el aperitivo después de misa.
Esposas de macho cabrío católico, liberaos. Haceos lesbianas en masa.
Foto de Amma Fifi, aventuras de una liberada abuela escandinava relatadas por el gran caricaturista islandés Thorsteinn Gudmundsson.