Mándame un mensaje o algo. Que sí, que tu chico estará viendo el partido con otros 5 millones de mocetones (y posiblemente un millón de mozas también televidentes) y tienes una hora y media para darte un revolcón, el gustazo, o cambiarle el password de la cuenta de ING.

Tírate a alguien, queda con tus amigas y encasquétale los hijos si es que va a ver el partido en casa. Tarde redonda. El meollo cerril empezará a las 15h largas. Le ordenas que recoja a los niños del cole, que ahora tienen jornada intensiva solo de mañana. Que haga unas pizzas, compre cervezas para todo cristo, y hala. Tu, entretanto, huyes. Podemos quedar donde digas. En hora y algo nos da tiempo a remojar cada parte de nuestro cuerpo.

A eso de las seis de la tarde empezará a preguntarse dónde andas. Pero es verano, las tardes son soleadas, mirará por la ventana y apenas verá que corra peligro su matrimonio. No lo corre porque ya no existe. O quizá sí existe, tu dirás. ¿Quedamos y nos lo hacemos o qué?

Ah, ahora estás pensando que lo mismo sí existe, queda un rescoldo templado porque, total, no hace tanto que las cosas han empezado a enfriarse. Apenas hace seis años que os habéis casado y tu gordi de pantalón de tactel con el escudo de la roja o del Madrid, tu chiqui con el chaleco de bolsillos de la empresa, tiene aún ese algo en el fondo que te mantiene prendadita. Es un movimiento inane, fútil, es un imposible que tu y yo follemos a escondidas mientras seis millones de fieles hinchas ven el 2-1. No es que sientas agarrado al estómago el mariposeo de cuando quedábais en el parque o que tengas engarzado un gancho a él. Empiezo a pensar que tampoco te debes a tí misma. Es probable que no sepas siquiera si te apetece darte un homenaje.

Tú misma. Tienes dos horas libres.

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