Han sido décadas de ir destruyendo los mitos del buenismo runner. Durante años he ido viendo como se desmoronaban los intachables propósitos de cambiar la humanidad por parte de los sonrientes y no contaminantes corredores a pie. La imbecilidad, la envidia o el desenfreno han ido colocándose alternativamente frente a la realidad, invitándola a subirse a un carruaje conjunto, salvador, a un mesianismo pintado de colores reflectantes.

Somos los más nobles. No damos patadas a nuestros competidores ni llamamos ‘equipo contrario’ a los del chándal de brooks del barrio de al lado, sino que nos hermanamos y tomamos cañas juntos. No fumamos ni pegamos a nuestras mujeres, porque el sólo sentido cósmico de correr sin parar nos deja cual metros de tul, sin asperezas. Vaya telita. Tanto algodón nos debería dar automáticamente la salvación del holocausto social y, por añadidura, unos bonos descuento en las estaciones de servicio para pagar a menos el combustible fósil.

Pero el tiempo pasa, caen tormentas en los finales de Junio, y uno sale a correr solateras por los caminos de Madrid y, en diez minutos, cara con barba, sienes afeitadas y gorilla se ponen a tiro.

Vaya mañanita fresca. Ideal para correr. ¿Subes hasta Moralzarzal o bajas hasta …? No, no, iba hacia casa, pero si quieres tiramos juntos un poco. Es que mejor a esta hora, que luego se levanta la peque. Ah, que tienes crios, pues mejor salir a correr antes de desayunar.

Risas. Encantado. Dieciocho minutos.

Hombre. Javi, ¿sigues hacia arriba? Nada, venga, me doy la vuelta con vosotros. ¿Qué andas preparando? No, este año nada, mucho trabajo. Te acompañamos hasta las Praderas que total iba a salir solo y ya somos tres.

Ectétera abundantísima entre tres treintañeros aproximadamente. Una mañana pasada casi entre colegas de tasca.

Ahora, ¿qué hago? ¿qué digo de todo lo escrito? 

¿Es cierto que somos animalillos deportivos sumamente cercanos y que nos abrimos a cualquiera que quiera trotar a nuestro paso? El chaval de la brigada de infantería y al que le han jodido quitándole el asfalto de una via pecuaria y obligándole a ir por las rotondas junto con toda la manada de la M607 y el renegado de los mil posts podrían pensar, probablemente, que han compartido un momento más propiciado por las leyes de probabilidad en una red de caminos frecuentada por decenas de corredores. Pero han llegado a casa a desayunar con una fina capa de llovizna sobre sus flequillos y una paz otoñal en el interior de sus cabezas. Los tres compartían la generación de las tiendas Discoplay y paternidades no demasiado dispares. Los tres han subido los escalones de casa mucho más suaves y positivos que cuando los bajaban camino de 10 kilómetros caramelizados por el sonido de la propia respiración y poco más. Los tres hemos sonreído francamente en los diversos momentos del adiós, turbados por endorfinas y barnizados por la pertenencia a una gente fácil, tratable y sana.

¿Qué me está pasando?

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