Probó a dejarse los pelos llenos de nudos y de guedejas alborotadas pero seguían atribuyéndole la mengua, la reducción. Mientras pasaba al lado del parabrisas lateral de un Megane se miró, se hinchó, descompuso el abdomen y rozó los muslos uno contra otro queriendo ser grotesco y tosco. A los diez minutos, quince, como mucho, la gente le repetía el análisis: ‘Chico, estás fino’.

¿Quién mentía? Días antes había subido a la báscula y había comprobado que todo iba dentro de lo normal. Un par de kilos menos que en invierno, lo suyo, claro. Ha estado corriendo un poco más en trotes montañeros, largos, pero sin excesos. La báscula tampoco era una obsesión. Era constatar que antes y después de comer los volúmenes permanecían estables. Pero nada. ‘¡Verás, este año en el getepé, vas a ser el paquete del año, se te veía fino de verdad!’.

Fino. El concepto más vanidoso del mundo del deporte de la larga distancia. Así como los culturistas buscan la definición como si fuera la receta de la piedra filosofal de embutirse en las camisetas de mil equis, el corredor o el ciclista y -solo quizá- la oveja merina quieren ser felices mostrando las quijadas afiladas como un pedernal, las patas con más de nervios como el cuello de un loco, los pómulos salientes y las mejillas hundidas en un oleaje de carne y hueso, lleno de trazas, arrugas si hace falta.

Bueno, pues yo no. Pero venga, año tras año, en mis visitas a la tapia de los jueves de verano. Paco y demás con la cantinela. Vaya, Luis, se te ve… “¡No lo digas!, ¡fino!, ¿a que sí?” – pienso por dentro mientras tiemblo por fuera. Y es que no intento temblar por dentro para pensar por fuera porque sería la excusa ideal para que alguien me dijera que se me ven hasta los pensamientos.

Revisión en casa. Hijo, estás flaco. Mi hermana (también corredora). ¿Estás entrenando mucho para el trail? Mi jefe. Que no corre. Solo se sube en la báscula para decirme lo de “¿ochenta y dos con la caja llena en brazos?” (enviamos y pesamos a diario cajas de unos pocos kilos). ¡Qué bonito sería tener alguna amistad a la que mi aspecto se la traiga floja, que me haga cosquillas en los michelines que juro que los tengo, aquí, al lado de las costillas, que hacen hasta 3 pliegues que los estoy viendo ahora según tecleo en la posición del misionero (mi misión, trabajar). Que me encantan, oiga. Si lleno perfectamente los vaqueros, si cuando correteo tengo un simpático botar de carnes. ¡Hostias, amigos todos, dejad de apreciar finura y ponedme delante una fuente de torreznos o kilo y medio de helado de Ben & Jerry’s!

Aportaría fotos de mis patazas. O de mis lomos. Pero ¿y si me decís lo mismo? Que estoy más que preparado para encarar una prueba de 30 horas por la montaña. Que este año se nota que he entrenado mejor y más. Que menudas maratones de monte han caído en Mayo y Junio. Así no se puede ir uno tranquilo a duchar, paesando desnudo por casa, porque se le van los ojos a uno a los espejos de casa, y lo vais a convertir en anoréxico y vigoréxico y, ya, lo que faltaba a este blog.

Estamos rodeados de runners en tirantes. Es la angustiosa espiral del hombre menguante.

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