No estoy seguro de poder dar las claves, y sigo dudando de haber titulado bien el post de hoy. De estar seguro, ¿debería dejarlo como una afirmación? Quizá un ¿qué ronda…? sería más útil para los que quieren aventurarse en estos fogones pero, la verdad, es que tampoco he corrido tantos como para dar doctrina. Pongámonos en perspectiva que siempre viene bien bajar los humos así, en general.

Desde los primeros años 90 en que pasé a ver qué se cocía al otro lado de la línea de los 42km, pasé por la inestimable prueba de fuego de los machacantes 100/24 de Corricolari. La aventura y la relajación en cuanto a ritmos fueron enormes; de hecho esperé a que mi novia se fuera a casa un momento a cambiarse y poder caminar con ella los últimos 20km. Era la segunda edición de aquello y estabamos todos muy verdes, con apenas un maratón alpino madrileño entre medias, pocas carreras de monte, y mucho entrenamiento por dehesas. Eso sí. Luego vinieron experimentos como los 80km de una bellísima Marxa de Resistencia, la de Navás. Convertidos en más por pérdida en mitad de la noche, sufriendo de los pies por el constante cruce de arroyos (aquella riera Merlés con focos, kiosko de donuts y agua por la cintura en plena noche era como un sueño mal trazado), los desniveles y las horas en marcha, siempre más de 12 y 14, fueron poco a poco moldeando el perfil de qué pruebas y en qué límites me muevo a gusto.

Posteriormente vivir en una ciénaga llana como Holanda me limitó a ultras ruteras (60 van Texel) o maratones de montaña (Davos) de por allí cerca. El regreso a territorio del jamón de bellota supuso el reencuentro con los cienes de corricolari, el asomarse a los 101km de Ronda y su formato ultra más americano, con grandes pistas y desniveles moderados, y finalmente el paso a saludar a las 24h en ruta, las Challenge que organizábamos en el club Ñ, ejercicio de fortaleza mental como pocos pero con un ambiente familiar y solidario enorme.

Para preparar el cuerpo para la tocinada de mañana, este Gran Trail de Peñalara, ha sido necesario tirar por la calle del medio: noches y días de más de 40km, horas y horas subiendo y bajando aunque no he tocado las grandes crestas en las que no avanzo y no hago más que echar minutos. Empezó con un test en febrero sobre casi 100km, La Napoleonienne, sandez invernal de la que salimos milagrosamente ilesos, ni un dolor ni una agujeta. Luego hemos ido a asegurar corriendo 3 o 4 maratones por monte, de modo informal, asi que al menos las primeras 7 u 8 horas serán de discurrir fácil. Pero quedarán otros 70km por delante. Y ahí empieza el vacío.

Existen, según pienso un rato en ello, dudas y certezas

1. Dudas. Los imponderables son eso, imponderables. El calor, haga o no, o los fríos nocturnos, son medianamente controlables pero poco podemos hacer para evitarlos. ¿Iré esta vez mal de remate con la boca seca como en los 100/24 de 2009? ¿Será una cosa tolerable con cierta brisa como la travesía de Albacete a la playa? Zonas que desconozco se suman a la aventura; no estoy seguro, pero quizá me venga bien no conocer algunos tramos y que éstos me sorprendan y entretengan un rato. Conocer donde te van a meter un dedo en el ojo no es siempre positivo.

2. Certezas. La primera es que vamos a pasar un día de campo estupendo, lejos del trabajo, las tensiones o los gritos de la familia. Solo esto ya debería hacer que merezca la pena inscribirse. Los paisajes nos irán guiando, hemos dicho que escapamos de las tensiones diarias, así que no debemos introducir las mismas como patrón de carrera. No cebarse con la competición asegurará que tengamos más posibilidades de terminar sin apreturas.

Además vienen pensamientos que ni son dudas ni certezas. Son esas imágenes fugaces de tus chicos correteando por casa en verano, una voz de una madre o un olor que te acompaña desde que eras un crío. No tengo la menor idea de por qué se cruzan pero lo hacen. El cerebro humano es un máster en espeleología.

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