El otro día entraba por la gran superficie dedicada al deporte riéndome para mis adentros ya que recordaba la cantidad de paseos que habremos echado los cientos de participantes de pruebas de ultradistancia, con el objeto de equiparnos para unas aventuras poco cotidianas, los nervios por encontrar el material obligatorio para el Gran Trail de Peñalara, que si mantas térmicas, frontales, o las kilocalorías comprimidas en barras, geles o paquetitos varios que nos permitían sortear la muerte por inanición o deshidratación o por idiocia (sí, muchos corredores somos unos idiotas que insistimos en no calcular bien nuestras posibilidades). Una imagen de todo el mes de junio ha sido la mochila diosaz posando en la mesa de la cocina, semiabierta contra las baldosas y con el tubo de beber enroscado como un lazo de regalo. Símbolos de esa ida y venida a los templos del ocio.

Y anoche teníamos en la entrada de casa una visión similar. La botella de refresco de naranja y las patatas fritas compradas para acompañar el último día de colonias de los niños, al lado de las mochilas con la toalla, el cepillo de dientes, la gorra. Comprendí que esa ilusión infantil que a los niños les hace dormir con la piel suave y el gesto relajado es parecida a nuestra motivación como corredores, como aprendices de aventureros. Nos inscribimos a pruebas de 120 kilómetros y 5000 metros de desnivel porque nos sentimos niños. Ay del que no tiene esa presión por sentirse niño. Está muerto como ser humano, como buscador de lo desconocido o ha perdido la voluntad férrea de recuperar aquello que un día movía montañas. La ilusión regresa, tenemos los nervios agarrados al estómago la noche anterior y las diez anteriores, igual que críos de siete años que se han derrumbado tras la tensa espera de los reyes magos o de ese primer viaje en avión. Y, para completar ese proceso, los adultos compramos.

Compramos porque somos unos barrigones dependientes de la tecnología pero, si pudiéramos cosernos las mochilas, amasar nuestros turrones energéticos, lo que hiciera falta, lo haríamos igual que un crío deja todo a un lado con tal de dibujar, recortar o sacar de un cajón ese papel o gorra o pegamento im-pres-cin-di-ble. Nos va la vida en ello y haremos cuantos viajes sean posibles para tener ese frontal de 4 leds, o esos guetres o los geles que luego tiraremos en cualquier lado, asqueados por el dulzor (igual que un atracón de chucherías).

Mirando cómo resoplaban mis hijos anoche, agotados tras otro día de verano, comprendí. ¿Me verán ellos también dar vueltas a la cabeza, hablar y escribir sobre las grandes pruebas? ¿Pensarán que para papá son importantes hitos en su regreso a la infancia?

Anuncios