Desbrozado y reciclado de experiencias propias, versión veraniega de 2010. Me pide Sergio que someta a risión pública mi figura de hombre curtido. Qué daño puede hacerme, qué más dará. El mito, si es que sobre algo ha de construirse, que nazca con tres cicatrices en la cara: la falsa modestia, el pitorreo y la adicción al sexo contrario. Tanto me da contarlo que no, dirá en mi epitafio.

‘The Ultimate Paquete’

Dia 2 de las vacaciones en la campiña inglesa. El residir en familia de capitanes de barco y navegantes es ideal y el plan de calzarse un chaleco salvavidas es casi automatico. Además mis hijos disfrutarán (sic), según las previsiones. Nos programan una mañana de canoas y barquitos veleros en Alton Waters, un lago excelso donde los triatletas no dudarían en gastarse 4000 € en, yo que sé, neoprenos nuevos y unas gafas antialgas, sito entre los rios Stour y Orwell, en el esquinazo este inglés. Canoas y unas tablitas de windsurf y unos chalecos salvavidas más tarde, lanzamos a la orilla a mis dos chacalillos con madre y padre de vigilantes. Pero… el padre es un paquete. Tras el episodio cómico del Sella el pasado otoño era un riesgo, pero nada podía hacer daño a unas paladillas en aguas calmadas. Excepto el viento. Y el diseño paquetil de servilleta. En octubre pasado ya sufrí las iras de mi diseño dando paladas por el Sella abajo, os recuerdo, un río que a los Asturianos y aficionados al aire libre pone cachondo pero que, tras el mes de Agosto, lleva menos agua que el orinal de un muerto.

La brisa iba empujando a uno de mis crios así que me puse en paralelo para ir llevándole desde mi canoa. Sus bracillos daban dos paladas y el viento se lo llevaba hacia el punto inicial, y hete que vuelco, cosa normal en el asunto canoero y, al subirme o intentar hacerlo se me disloca el puto hombro izquierdo, quedándome agarrado a la canoa con un brazo cual náufrago. Mi chiquillo sigue yéndose a la deriva -en realidad, a la no lejana otra orilla- por el viento y vamos cruzando el laguito mientras lo poco que puedo hacer es pedir ayuda a mi santa (que viene con otro enano a cuestas). Intercambiamos tablas, crios, pareceres, me quedo con el otro niño subido cual percebe e intentamos patalear y llevar una tabla de windsurf arrastras, yo desde el agua y a un brazo con los consabidos dolores de la luxación. Al par de minutos (o veinte, un ultrafondista solo sabe calcular en ‘sale el sol-se pone el sol’) un navegante de las decenas de escuelas de vela se acerca y le describo la situación: que suba a Nicolás a bordo y mi tabla que no avanzaba por mucho que intentara remolcarla nadando con un brazo y el otro agarrándome el chaleco con unos dolores horrendos (al no poder subirme a ninguna embarcación, no podía colocarme el hombro). El amable británico me dice que me agarre cual mejillón a una cuerda que festonea por babor y me veo remolcado como una vulgar escoria marina. Cualquiera que haya visto las regatas de los borbones o esos excitantes desempates de la America’s Cup sabrá que a vela se navega haciendo zigzag para remontar el viento. Pues el zigzag a una mano desde babor, colgando como un chorizo de una alacena, es un ejercicio digno de Harold Lloyd dado que en los virajes o te subes casi a la quilla, con evidente riesgo de cortarte las piernas, o te hundes con un 23 footer sobre tu cabeza. Así, con agarrotamiento evidente en la mano hábil, tocamos orilla y le agradezco que me torture para colocar la luxación.

Dadme rutas de 25 horas diseñadas por tipos sin escrúpulos. Pronedme ultradistancias desde el ángulo que os parezca, del desequilibrado al machote, llano o montañas. Dadme una cola en las rebajas en Zara. Pero no llevéis a este merluzo al agua, a quien diseñaron de abajo arriba y donde el diseño inteligente terminó a la altura del pecho. Más arriba no hay ni serrín; solo retales.

Harold Lloyd en la famosa escena spanjaardiana.
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