Siempre me ha interesado ver qué movía al homínido para sacarle de su natural estado de abulia occidental. Vamos a ver, no me refiero a los muy activos cazadores nómadas o los bosquimanos corredores de montaña, sino a ese sector acomodado que surgió a raiz de los progresos de la humanidad en Europa desde el siglo XV y, en norteamérica, tras 1778. Punto.

Progresa un fenómeno al que no me puedo sustraer por mi natural bocazas, más con la que cae que si España se rompe y que si se crea un enésimo circuito de carreras de skyrunning, o si nuestro bestial Kilian Jornet entra con tal o cual bandera en meta. Ojo, nada en contra de nuestros ídolos. Es algo generalizado. Quiero recordar que 3 de los 4 primeros del maratón recientemente celebrado en Barcelona, a raiz de los Europeos de Atletismo, lo hicieron, la bandera extremeña incluida de mano de Pablito Villalobos, o que algunos incluso dieron la vuelta de honor a manos llenas como Mo Farah, el fondista británico. Y es el fenómeno del bandereo en el carrereo. No celebrativo, ya digo, sino el fundacional. Volverán banderas victoriosas las vitrinas de nuestros clubs a llenar, o algo así. Siento perder fluidez los días post-tranca pero ayer tocó Cariñena monográfico. Y hoy, cenita en casa de mi amigo el sumiller.

En los movimientos románticos del siglo XIX (casi tecleo el divertido guarismo romano CIC) convergieron dos cosas: la pasión por el paisaje y el nacer de las esencias nacionales modernas. En nuestro entorno salieron excursionistas nobles como toros, montañeros aguerridos que escalaban el Naranjo a pelo y con boina, y algún que otro burgués que sentía como sus entrañas le pulsionaban a yuxtaponer nación a clase obrera. Mientras por ahí se leía a Marx o a Engels, en otros lares a Schiller o a Hugo. En unos se decía que el obrero no tiene patria porque no se puede tener algo que no se posee, mientras que en Alemania,  (algo menos en) Francia o en la Italia de Mazzini se redefinía el sentir de la entidad cultural unida, la lucha del sentimiento contra los viejos imperios aristocráticos racionalistas y neoclásicos y pedorrísimos, según todo ello. Y en algunos círculos románticos moderados de Cataluña o País Vasco se econtraba un modo de canalizar sentimientos. Sentimientos que no tenían nada que ver con el obrerismo internacionalista, como se podrá suponer. Digamos que la Reinaxença vestía de Domingo.

El paisaje romántico heredero de lo sublime, el Sturm und Drang, Friedrich, Rilke, traspasó fronteras y sabe dios cómo aterrizó en el amor ancestral por el nuestro monte. El ¡moooonteeee! (Nuí). En unos sitios más tarde que en otros, el Centre Excursionista de Catalunya en 1876, la RSEA en 1913. Y sus pioneros pertenecían a las elites burguesas, gente viajada y permeable al nacionalismo lógico en tiempos como los que le tocó vivir a Josep Fiter, que vió mucho mundo antes de fundar varias entidades culturales en la Cataluña del XIX (en plena bronca diaria con el corrompido sistema político de Madrid).

Ciento treinta años después están más que asentadas las banderas. Más que las carreras. En los años gloriosos del deporte profesional del pedestrianismo, en el que volvían a luchar individuos contra individuos, se coló de nuevo un señor vestido de domingo, con el ansia de llevar a su cristianismo higiénico los sudores y barrazos de los garçons franceses. Mr de Coubertin viajó por todo el mundo hablando de universalismo, pero debieron tomarle por idiota, aun cuando finalmente una docena de países se adherían para el primer COI. Debía ser un discurso demasiado marxista aunque en batín de pedagogo, y en Europa los de las banderas llevaban casi 40 años dándole al henchir del carácter, a la literatura propia, y al rescate de las lenguas. Con COI o sin el, el deporte de nuevo se convertía en un asunto de Estado, casi tal como lo conocemos hoy. Intento imaginarme qué plena expresión de alegría de un país supone que llegues a meta después de semanas de 235 kilómetros a pie, de soportar sesiones de tortura tú solito para levantar 180kg en halterofilia o de perder hasta el alma perfeccionando el tiro con arco. Y ahí es donde se tambalea todo. Las declaraciones de amor patrio huelen a educación y a velar por los corazones de los inversores y patrocinadores. Levanto del cuello hasta estrangular a dos jerifaltes de la NBC o de Nike con cada mano, pero tengo que ser un negro bueno y cristiano y venderles mi talento de velocista, esculpido a base de dolor y de medicamentos para poder soportar 3 años más antes de brutalidades y reventar por una plata olímpica.

Mi corolario, que me lío y apenas noto recuperación alcohólica sino abotargamiento: el deporte es un bicho bicéfalo: la rama chunga, la del competir para derrotar al otro, y la rama de desarrollo físico, la salud y el saneamiento mental. En ninguna de las dos aparece la representatividad del sentir de un pueblo. Otra cosa es la competición deportiva organizada y canalizada. De acuerdo. En los deportes de equipo una banda de máximo 15 jugadores representan un porcentaje mayor de la sociedad pero, ¿sobre una bicicleta? ¿Le preguntamos a un Contador que lleva vagando por equipos de Kazajstán y Dinamarca (ver noticias de ayer) mientras los sentimientos nacionales de sus empresarios compatriotas se rigen por el beneficio? ¿Vemos los comentarios de Angel D Rodriguez, velocista que vale una décima menos pero que clama a gritos que no existe inversión en el atletismo? Nadadores europeos en los USA, inmigrantes del tartan iberoamericano o nigeriano que buscan solucionar su venganza particular contra el reparto de los medios de producción capitalista… pero siempre queda un hueco para agitar la banderita. Ayer, en un chino gigantesco, veía polos con la cenefa de la rojigualda, restos de fábrica de las banderas que lo mismo sirven para Sudáfrica 2010 que para la procesión de la virgen o para la próxima manifestación homófoba de Madrid y sus católicos aburridos como setas, camisetas de la roja, cojones, solo faltaban estampitas del Pilar o muñecas legionarias (juro que no miré bien, dadme tiempo).

Que no ofenden a nadie. Que están en su derecho de menearla en meta. Que sienten dentro de sí el impulso entero de un pueblo. Que cuesta un montón quitarla de la antena del coche. Que vale. Pero que no esperen piedad de un Santander o de un Central Hispano a la hora de financiar su negocio o su casa. El capital entiende tanto de banderas y de pueblos oprimidos que no hace otra cosa que colaborar con ello a manos llenas.

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