Eso aducían unos excursionistas a los que les ha pillado las torrenciales lluvias e inundaciones de Leh (en la zona limítrofe con Pakistan de Jammu&Kashmir) y en las que han muerto ya 183 personas. “Que ya somos mayorcitos”, eso, que como tienen 4.000 pavos para costearse un trekking chanante por los cincomiles del Pamir o por los campos base de los ochomiles himaláyicos, pues que no se les puede acusar de meterse en berenjenales donde no van a poder ser atendidos.

Y el embajador español en la India, Ion de la Riva, ha contraatacado.”Las personas que están diciendo que ya son mayorcitos y que saben lo que hacen, lo único que tengo que decir es que me alegro mucho de que sean mayorcitos pero cuando tienen problemas empiezan a reclamar al Estado que mande helicópteros y aviones”, ha reprochado el embajador, quien según informa El Mundo subrayó el “enorme sufrimiento y esfuerzo para todos” que implica lanzar operativos de rescate de este tipo, además del coste económico. “Me parece insólito que digan que porque son mayorcitos pueden ponerse en peligro”. Y es que se advierte a los turistas que las autoridades indias están informando ya de la posibilidad de epidemia de tifus y cólera. Claro, si eres un montañero occidental, un excursionista o un nuevo engendro de la generación Altaïr (también llamados los del síndrome del coronel Tapioca), te subes al avión, preparas los 34Gb de la cámara digital y te imbuyes en la seguridad del seguro de accidentes contratado, aunque sabes que “luego nunca pasa nada”. Están acostumbrados a que a su alrededor nada pase: sin hijos, con dos ingresos de alto nivel por pareja, sin más preocupación que la tensión producida en la oficina de su -frecuentemente- organismo púlbico cuando alguien llega con un destino vacacional más cool todavía.

Entiendo en parte las ansias de cimentar tu satisfacción personal en retos. Retos contra tí mismo, contra la madre naturaleza, contra el reloj. Yo mismo me diseño mis estupideces con las que me entretengo durante horas desafiando algunos patrones del ejercicio. Pero me ronda por la cabeza una pregunta: ¿alguien se para a pensar cómo es que no hay apenas nadie habitando esas zonas por las que algunos se embarcan? Sí, hay superprofesionales y expediciones poderosas aunque al final necesitan contratar media docena de mulas o yaks y diez porteadores. Ellos quizá sí puedan salir de esos atolladeros. Pero, en general, ¿cómo es que de valle a valle, en las gargantas del Kashmir, no se ve ni una mala aldea? ¿No será porque son medios inhumanos donde ni los más pobres del planeta encuentran rentable reventar para sacar unos litros de leche o unos cereales o tubérculos? ¿Qué coño pintamos demostrando que, con una equipación de 40.000 euros, podemos empalmar 5 días de marcha por esas cadenas donde el clima y el terreno expulsan casi toda forma de vida?

Es más. Cuando planteo alguna de las andanzas con las que quiero satisfacer mi ego, pasar el dia fuera o perder el tiempo, un parámetro básico es ‘llegar en menos de 6h arrastrándome a un punto civilizado o, al menos, con cobertura de móvil’. Me garantizo que, dentro de una pájara, abrirme la cabeza o deambular desorientado y febril, llegaré pronto a un sitio donde nó solo se me evacue, sino donde me atienda mi bien ganado estado del bienestar, salvo que me despeñe en una aldea de paranoicos neoliberales donde solo haya dentistas de alto standing con auxiliares semidesnudas, y que me nieguen una anestesia o un acuarius por marxista.

Anda, jódete un hombro o un tobillo a 12h de camino de una aldea en el Tibet. A ver quién te cava la tumba. Eso sí, el aventurero rápidamente exige a su guia que llame a los del seguro para que le gestionen unos helicópteros que más valdría que emplearan en llevar ayuda humanitaria o medios de producción a algunas zonas. ¿Pedimos a nuestra aventura rellenar espacios vacíos en nuestra satisfacción paranoide? ¿O estamos llevando nuestra obscena soberbia sobre el planeta y que sea paseada frente a nuestros semejantes, sean ricos o pobres?

Nunca me imaginé escribiendo esta frase pero estoy de acuerdo con los términos del señor embajador.

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