¿Existe un cosmos del runner? ¿Prono o supino para dentro? ¿El jadeo de mi compañero de trotes es previo al orgasmo o posterior? ¿Qué hay después de una edición 2.0 de La Peor Maratón del Mundo? Todas las anteriores preguntas excepto una se hacen a diario miles, millones de corredores populares del planeta. Sólo una de ellas está comiendo por dentro a -escasamente- tres personas a lo largo de los meses. Si afinamos, solamente una persona siente que la bestia ha crecido demasiado y es peligroso alimentarla. Yo.

Pero luego existen corredores que se preguntan inocentemente si alguien puede tener tan mala baba como para organizar esto. Incluso alguno no cree que alguien anuncie en público que organiza la mierda más grande del mundo de las carreras a pie. ¿Es una broma pesada o de verdad lo hacéis? Esa candidez, esa capacidad de sorprender y ser sorprendido son los motores que me llevan a tirarme a la piscina una vez más. Bueno, más bien al fango.

Por eso daremos un paso más en la calidad de este familiar y amistoso trote que engancha a lo más rudo e insano del orbe de las zapatillas de 160 euros. Hasta ahora no recuerdo haber dado más que información sucinta sobre el recorrido o la semblanza de los registros penales de algún participante. Pues bien. Atención porque viene una descripción COMPLETA del circuito. Es posible que necesitéis imprimirla, por si los miembros de la carrera o participantes que pensáis que sean de vuestra ayuda se dan a la bebida o a las danzas eróticas.

El recorrido arranca en un espacio un tanto estrecho que combina piso firme, enlosado de calidad, de ese que colocan en los adosados y las urbanizaciones de bien. En seguida tomamos una recta asfaltada de unos 109 metros, con inclinación ligera hacia arriba, que nos deja desembocando en una sendilla por la que decenas de perros discurren diariamente camino de un cigarrito y de su ejercicio y sus dueños de hacer un pis y echar unas carreras. O al revés. Posteriormente un ancho camino preparado sobre una zona verde, o más bien un espacio libre o dotación de parque urbano, será el que nos acoja con unas suaves curvas y ondulaciones que, lejos de ser bucólicas, a las seis de la tarde de un 28 de Agosto estarán cerca de la sensación de correr sobre una parrilla infame. Pero la brisa de los espacios verdes con que la nueva ciudad se nutre, ese festoneado espacioso que venden a los que han pagado 800.000 euros por un adosado de segunda categoría, nos compensará con vistas a autovías, peajes, chalés sin terminar y que muestran como un esqueleto de armazón y ferralla montado por una capa de vacío, de nada.

Mientras debatimos la esencia de la ciudad gañana, iremos cerrando el círculo o, más bien, la forma de salchicha o de -diríamos- excremento de un circuito de una milla de largo. Esta simbólica distancia, estoy segurísimo, ha sido un agujero conceptual en el que convergieron el pathos de los urbanistas de la zona y el espíritu del escritor japonés Murakami, corredor a su vez, sabiendo que todo corredor vive sus pulsos en medidas de media distancia para completar el ciclo de la vida y el ciclo del maratón en un todo, un hecho cosmogónico que veremos cuando demos varias vueltas y paremos en el avituallamiento cuando sea necesario.

Éste, el punto de refresco y de debate ontológico, el cobijo moral del corredor, la frescura de la sombra ante el reto humano, tendrá libros de Hegel, cocacola y cerveza y si acaso unos panchitos.

Fotos de la milla lunar.

El cosmo, lunar, cegador, blanquecino y reseco.
Llanura para el self-trascendence running.
Blanco, marrón, acera, contenedor, baldosa, exégesis.
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