Pedriza de Manzanares. Caleidoscópica miniatura de los andantes y corrientes del siglo XXI. El ciclista que se mete con la bici de montaña por pedreras en las que solo queda resignarse y prometer leer antes de usar. Matrimonios de cuarenta que no devuelven el saludo porque van pensando, ella, en el último fichero excel que dejó abierto en la oficina y, él, en los menus semanales de la temporada de colegio. Familias y excursionistas, catálogo y escaparate. Jubilados que se mondan en esa risa sana que lleva quien no tiene que pensar en ir a trabajar. La tropa albaceteño-murciana de visita a los cuñados de Usera y que han pasado por decathlon a surtirse de bastones, botas y camisetas de senderismo, mientras voy echando agua del límpido Manzanares en los cogotes sofocados de cinco criaturas y, de reojo, entreveo dos figuritas azul oscuro escalando las primeras grietas del Tolmo.

Mi santa me da ideas, como siempre. La gente lleva bastones para pasear por zonas por las que su abuelo iría paseando con unos pantalones de vestir y unos zapatos domaos. Domyos no. ‘Domaos’, sin error tipográfico. Al día siguiente hablamos mi hermana, padre y yo sobre cómo y por qué 100km por el campo, dado que se ha inscrito la moza en la Madrid-Segovia. Y vuelve a salir el dónde empezó todo, y ahí que declara mi padre de nuevo que mucha gente en los 70 salían a probar lo de correr con un calzado domao y la primera camiseta que hubiera por casa. Ahí está de nuevo. El cosmos de una época pionera.

Frente a ello, frente a una familia rara, austera, sin duda perteneciente al pleistoceno del consumismo y cuya bandera genética se esculpía en el sufrimiento con lo puesto, o sea, la mía, anuncios del chándal para tu crío. Domyos calcetines, chándales, zapatillas para fitness y para el paseo. Dan ganas de rapearlo como los de Muchachada Nuí: 

Domyos para la gimnasia / domyos para el juego / domyos para las drogas y para las armas de fuego.

Y hasta aquí una contribución más a vuestra pérdida de tiempo en ratos de trabajo. Saludos. SPJ.

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