La Flora vuelve a cumplir años. La jefa cada día está más gacha y tiene sus ratos peligrosos, tristes. Pero como los de la quinta de 1936 son mala hierba, sigue celebrando mientras el cuerpo aguante.

Ayer estaba un servidor de ustedes en plena euforia de los muslos y las canillas. Dos días consecutivos, poco a poco, sin dolores aparentes ni asfixia flemática, una horita y una horita y media con los comandos prejubilados y los caminos de siempre, las mismas rampas por las dehesas boyales de Madrid. Así que la invitación a trasegar en honor de mi madre era el plus de la semana. Al igual que el año pasado, El Parque, en el parque histórico de Navalcarnero, nos acogió y doró los forros por dentro. Tras unos pinchos variados me abalancé a un chuletón de fácil cuarta y pico de largo, poco hecho, de tacto casi vaginal. Carne excelente y un par de aspersores morados picota para hacerlo pasar. Un sorprendente y suave vino de la casa, en tierra de Navalcarnero, suficiente para hacerme bizquear al horizonte que se brinda a los comensales en un restaurante como ese, sencillo pero absolutamente cristalino, como una pecera contemporánea. Nos trajeron un Tochuelo Selección local, de la bodega de Francisco Casas. Domado y suave, en contraposición con el artesano Viña Jesusa (otro del pueblo, de Muñoz Martín) con el que ataqué la carne y la tarta de queso casera.

Esta semana toca hacer más calidad de esta dado que esta tarde me truje un Grego Garnacha Centenaria 2008 y un rioja Campo Viejo 2006. Así, quién coños va a pensar en las calamidades de la existencia.

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