Creo que ya sé qué significa ultreia. Debió ser el iluminado que lanzó el saludo primigenio de ‘vamos más allá y más ariba’ (Ultre ia et Sus ia) y empezó delirante a pasarse calculando las distancias y a hacer etapas de 40, 50 o 60 etapas. A este desvarío se llega por diversos caminos. El de la mística exacerbada es uno. El de las drogas otro. Recientemente las redes sociales y los foros de internet han puesto en contacto deportistas a los que les sobra delirio y no están exentos de mística. El problema (el nuestro, ojo) es que interpretamos el mayor itinerario cultural del mundo como un elástico track de puntos de posicionamiento geográfico.

Y que los corredores de fondo somos una especie peligrosa.

Así, nos presentábamos a las 3 de la madrugada en O Cebreiro los tres dementes a los que tengo que agradecerles todo. Edu, el de los muertos, que va subiendo puntos en la escala de los experimentados trotones y deglutidor insaciable de chucherías, que puso paciencia y coche y me dió de comer a falta de 15 de Santiago ante la amenaza de que me tumbara a pastar bajo la lluvia. Guille, una especie de hermano mayor noble y casto que tengo, que es el mejor acompañante que conozco para ir a correr. Siempre va 20 centímetros a un lado del último, te habla y te relaja. Y hace fotos. Toneladas. Será el autor de todos los créditos gráficos que aparezcan a partir de esta noche. Andrés es una cuota que todo grupo ha de tener. Es como llevar una enciclopedia a la que han arrancado las hojas y se las han recosido sin orden, ni alfabético, ni moral, ni nada. Sería equivalente a tener un buscador de google que escupiera los resultados como le saliese de las pelotas. Además es argentino, un icono humano fundamental de la civilización a partir del siglo XX.

A las 3am intentábamos dormir a los 1300m de O Cebreiro. Cuatro metidos en un Passat familiar. A las 7 menos diez intentaba vestirme y ordenar mi mochila. A las 7.06am salía a oscuras para recorrer los primeros 85 kilómetros absolutamente a oscuras y en mitad de una simpática tempestad de agua nieve. A las 7.11am recuerdo que he olvidado meter unos calcetines secos de repuesto. A las 7.12am me pasan en el coche los otros tres hacia Liñares y les pido que me acerquen al punto de encuentro, Sarria, unos calcetines secos. De ahí en adelante, torear la noche hasta el alto do Poio y trotar con el viento de lado toda la suprema bajada a Triacastela (k20.5) absolutamente solo, canturreando para uno mismo y disfrutando de una mañana tempestuosa y crítica en la vida de cada uno, la de enfrentarse a su minúscula existencia como ser humano (de mierda) frente  a la inmensidad de las geografías.

Triacastela me da para sacar dinero y llamar a casa. Habrán pasado unas dos horas y media y me regalo el durísimo tramo de San Xil y las sierras previas a Sarria, donde el agua se sale por todos lados, lo verde mata lo naranja del otoño y donde voy en manga corta, es un lujo de día. No siempre llueve en Galicia, solamente lo hace cuando uno se malcruza interrumpiendo el discurrir de los milenios. En Sarria (k40.5) están mis amigos y allí nos apretamos un almuerzo que tardo en digerir. Correr con los cierres de la mochila apretando en el estómago hace que las digestiones sean algo críticas (pincho de tortilla, café cortado y zumo de naranja). Pero llevo la mejor compañía posible y enfrentamos los segundos cuarenta kilómetros del día, hasta el picoteo de Portomarín (k62.7). El pitorreo generalizado y un día que quiere abrir es un bálsamo para unas piernas que responden y sin detalles desagradables sobre ampollas o rozaduras. Pero el día termina por cerrar velas y se levanta la segunda tempestad del sábado. El viento sube por los altos hacia Palas de Rei a fuerza 6 y ya se tuerce la cosa. Cada vez caminamos más y el avance es, como no podía ser de otro modo, penosillo. Pero una logística excelente hace que Edu y Guille se adelanten a la casa rural donde tenemos el coche, a 3km del camino en un desvío, se enchufen un pequeño extra bajo el vendaval y ya de noche, y puedan venir a recogernos al albergue de Ligonde donde termina nuestra primera etapa para Andrés y para mí. Han sido 85km y hay que recuperar y reservar para el día siguiente.

Recuperamos cenando pulpo en Melide, bebiendo ribeiro y mirando de reojo si aparece algún síntoma de hinchazón de dedos de las manos o de molestias en algún punto de la rodilla. Pero dormir por fin en una cama en A Cantina (Monterroso) nos da vida y nos dormimos haciendo cábalas sobre quién, desde dónde y como me acompañará el domingo. Finalmente el plan sale como sale. Guille me acompaña desde el punto de enlace, pasando por un desayuno en el cercano Palas de Rei (mi km 90). Los otros dos escuderos están poniéndose como ratas desayunando en Melide donde llegamos después de un par de horas de trote y caminar bajo un sol irreal. Corredoiras con hojas caídas, agua fluyendo por todos lados, el paraíso para correr o para incluso dejarse morir.

Guille lo deja afrontando una nueva ración de pulpo en La Garnacha y me quedo con Edu y Andrés, quienes me acompañan hasta Arzúa, donde arranca a llover. Es momento de usar las reservas emocionales, recordar los mensajes al móvil de los amigos en la distancia (gracias a todos) y de no pensar que al paso por el kilómetro cien se nubla y amenaza con caer la de dios es cristo. Logramos llegar por los malditos pelos a una confiteria preciosa en el centro de Arzúa y asaltamos las reservas de pastelitos. De ahí en adelante solamente Edu me verá deteriorar y me cuidará como casi nunca han hecho en ruta. A saber, paracetamol en Arca do Pino (a 25km de Santiago), calma durante los enmascaradores y eufóricos efectos de los siguientes 10km, hechos casi al galope. Barrita cinco kilómetros después, almendras recubiertas de chocolate tres más tarde, paciencia en mi pajarón inmenso en la zona industrial circundante a Lavacolla (maldita sea, cuánddo actualizarán los mojones), y más paciencia de hermano mayor a escasos dos kilómetros de avistar la ciudad compostelana, en pleno y último aguacero. El camino empezaba 155 antes bajo el agua, terminando igual, en remojo y con ligera hipotermia.

Santiago, qué bella ciudad, qué bellos menús.

Escrito de tirón y sin editar a las 8.45. Sin síntomas aparentes -todavía- de hinchazón de pies. Más, más tarde.

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