Un día habrá una desgracia y la comunidad internacional tendrá que tomar cartas en el asunto. Mira que uno trabaja para la paz entre los pueblos y la difusión de la verdad absoluta y única. Pues nada. No pasa un año sin que alguien intente terminar con este Principado de la Paz y el Sudor.

Ayer estaba yo terminando de dominar las fuerzas del cosmos cuando volvieron a atacarme. Había, yo, completado el círculo de los ocho manchurrones cósmicos cuando me ví acosado por las fuerzas del mal. Para los profanos, los ocho manchurrones telúricos son caos aéreo, plantilla laboral insuficiente, comida de tuper, café de máquina del trabajo, atasco para llegar a casa, polvorón navideño, cuarenta y cinco minutos corriendo bajo una lluvia torrencial y atasco generalizado de paletos bajando a los corte ingleses de Madrid. Bien. Dicho esto, habiendo consumado la paz global que a uno le lleva a ganar diez mil puntos de fuerza y sapiencia, nos sentamos a la mesa en el Tapanco.

Este es un garitín escogido para tomar unas tapitas a la mexicana en la calle Trafalgar, 10, de Madrid. Lo escogió mi jefe con la idea de pasar una noche de charleta y echarnos unas risas. El sitio en cuestión pasa por un lugar donde los colores y una animosa plantilla de camareros jóvenes y acelerados nos iban trayendo material fungible. Salvo una grasa pernamente y monotemática, los sabores no estaban mal. Vamos a ver, desconozco el montante del tapeo pero las croquetitas, unos crujientes, unos gambones a la plancha, unos rollitos como de solomillo a la mostaza, iban cumpliendo. Los que no conducían se tamizaron un Cune Crianza de la Rioja y, en fin, no se quejó nadie.

Pero yo me barruntaba que existían fuerzas del mal por algún lado. Y no solo rebozando. Tenía el modo de surveillance activado y allí, amiguitos, moraban la villanía, los chungos del pueblo del volcán de Gorm, el Barón Ashler, Telly Savalas y Salvatore Maranzano juntos. Habitaban, efectivamente, en la cocina. A los postres pedimos un poco de tiramisú casero. Al catarlo intentaba explicar a Olga, una siberiana de Bratsk, mezcla de sorpresa y mosqueo, que así no sabe normalmente el tiramisú a no ser que lo hubieran elaborado con queso de roquefort.

Más comensales dieron la alerta. A lo que sabía es a rancio. El postre casero estaba en mal estado y alguien estaba intentando asesinarnos. Con mi superfuerza y visión nocturna llamé a una camarera italiana que, la pobre, tenía menos idea que yo talento para la moda. Como si fueramos el chef Ramsey frente a un plato horrendo hicimos que lo probara ella misma. Reconoció que ni le gustaba normalmente el tiramisú ni aquello iba a cambiar su opinión. Que preguntaría en la cocina. ¡Ja, preguntar en cocina! ¿Qué homicida va a declararse autor de una masacre?¿Qué traficante de órganos va a explicar el chorretón de sangre que sale de su nevera? ¿Qué deportista de élite va a reconocer que sus ojos inyectados en sangre vienen fruto de hacer siete dosmiles a R3 recuperando sesenta segundos?

Bueno, pues nos pidieron disculpas o, al menos, la camarera las pidió y nos ofreció otro postre. Iba a ser complicado salir con vida de allí. Los villanos intentarían exterminarnos a toda costa, a pesar de que nuestras naves estaban aparcadas en el parking de Olavide. Optamos por sortear sus malas tretas con un helado de pistacho porque les resultaría imposible inyectar nada en la masa de helado del Makro sin que se les desintegrase a ojos vista. Yo propuse quemar el edificio y que me trajeran un trozo de tarta de queso. Mejor dicho, primero comerme la tarta de queso que, efectivamente, ya venía manipulada antisépticamente de la fábrica de Royal. Un trozo mínimo de tarta de queso de producción de Kraft Foods España no mata. No alimenta pero, al menos, no mata ni admite tóxicos. Así que, de hurtadillas y tras no pagar los postres, salimos de allí.

De verdad, apúntenselo. Tapanco, que debe venir de tapadera y de colorines. Para no ir.

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