Si no estás de acuerdo, esto es un blog aconfesional y yo soy antimonárquico. Estás a tiempo.

En la última semana de mi vida he podido charlar con un alicantino economista y aficionado a correr, he visto como mis hijos aplicaban la creatividad de los genios a cómo comer turrón, he compartido trotes con un viejo ejecutivo de un banco, me han abandonado por una manifestación de la ultraderecha católica y pasado ratos con un excelente catador de vinos. Y he visto una película en la que una casa real, la británica, se tambaleaba por la amenaza de Hitler, la de una nueva guerra mundial y la horrenda gestión de su imagen. Un rey que tartamudeaba como consecuencia de una infancia horrenda, una familia tiránica y unos valores abominables, pero que acaba siendo el parapeto de la moral de un país que necesita un icono para enfrentarse a una guerra cruenta. O sea, una vida suficientemente interesante y entretenida. No para enmarcarla, pero suficiente para mis expectativas. A todas luces, siete veces más sustanciosa que las de los madrileños que ahora se desperezan y que buscan ensoñaciones en un algo eterno y real.

Por que en Madrid, a dos de Enero de 2011 -igual me paso con la similitud o igual no- el ciudadano españí quiere tener un icono real porque su vida es una puta mierda, plana, anodina. Hasta se ha cansado de Belén Esteban. Empieza a pretender un mundo rosa de tules y de organdíes. Se levanta a diario con un gordo en su cama, come los mismos alimentos de menú para volver a sentarse en su oficina o a poner la misma lavadora. Y desea un príncipe de los que arrastran a las plebeyas, que les dé esperanzas, aunque sean nulas, de poder leer eso de que se casó con una tía que se había liado con su profesor. Ese rayito que enamora a las sombrías analfabetas.

Entre mis valores fundamentales están el odio profundo por las casas reales y por las religiones, en general y sin excepciones y por lo que significan. Esto es un país libre. Es un desprecio hondo, labrado durante décadas. Crece y se alimenta a la misma velocidad que crecen las pasiones que desatan. Cuando uno oye eso de ‘no, oye, yo respeto que cada uno sea religioso’ se me revuelven las tripas. Hay personas y estructuras que no me inspiran más que bajas intenciones. No respeto algo que se ha fabricado un halo de cercanía al pueblo, de necesidad buenista, con el único objetivo de tapar el exterminio de la razón durante siglos. Hasta cierto punto entiendo que el tonillo artificial del rey Borbón caiga en gracia. Un jubilado desearía encontrárselo en una valla de una obra intercambiar chistes y palmetadas en el hombro. Hay en cada español servil una esperanza de poder echarse unas risas con Juan Carlos. Risas de babosa, risas de hiena, pero unas risas al fin y al cabo. Tampoco me niego a que un meapilas se desplome ante la púrpura y la naftalina que despiden las sotanas, no es culpa suya que se emocione fácilmente ante la solemne magnificencia de una nave gótica; lo vienen haciendo ignorantes de toda la humanidad desde hace seiscientos años. Pero mantengamos las distancias. El poder es poder y es lo que nos atrae hacia sí; su canalla pegada. Y uno tiene que escoger entre canallas y agresores, digamos que hay un cupo tolerado. El mío se agotó hace treinta años. Por encima de casi todo ello, figura el heredero.

A ver, ¿qué coños pinta el principe en esta disertación? Fuera máscaras.  ¿Qué necesidad tiene de ser campechano un chaval de las estirpes más exclusivas que ha tenido universidades públicas a su diseño personal? ¿Tiene por qué fingir alguien que es un pijo que ha navegado, tenido fiestorros con las más regias mozas, bebido cerveza en Washington mientras los demás reuníamos doscientas pesetas para un litro en vaso de plástico en Malasaña? ¿Por qué lee declamando como si los oyentes fuéramos gilipollas? Vale, los oyentes, por término medio, somos gilipollas pero, ¿también habla así? Supongo que no pretenderá incidir en esa imagen de cercanía al pueblo porque, lo mismo, un día se acerca demasiado al pueblo y alguien -del pueblo- le arranca una oreja de un mordisco.

Os dejo. He de navegar entre viejas presuntuosas, católicos de periferia y olor a mondongo perfumado. Acertáis, me piro al Corte Inglés.

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