Se acercan las elecciones (mayas mediante) y las maquinas apisonadoras colocan a sus candidatos con los que pretenden vender la mejor imagen de su opción. Visto que sus programas no son lo que más se consulta, visto que los españoles se movilizan por bandos, qué mejor cosa que colocar churris espectaculares como las que se gastan en la alcaldía de Orihuela, gachós de cine como en los anuncios de Dolce & Gabanna o ideales yernos como el candidato del PSOE de Pozuelo. Ah, ¿que no conocéis al yerno ideal de Pozuelo de Alarcón?

Pero la belleza es un cánon; esto quiere decir que se trata de un modelo casi inalcanzable. La suerte que tiene normalmente el ser humano con la belleza es esquiva. Con la mayoría de nosotros el reparto fue cruel, desigual. Muchos llevamos con callada discrección nuestro rostro y preferimos no pronunciarnos cuando se habla de defectos físicos, aunque la mala hostia inherente al ciudadano de a pie le impide callarse a veces. Sobre todo, cuando, además tenemos que comprobar la tendencia de seres abyectos a sumergirse en la política, alta y baja. Ah, amigas. Los políticos. De estos personajes (aka personakes, pronunciar ‘personeiks’) se puede decir mucho.

Si éticamente muchos cojean más que Long John Silver, cuando les colocan un traje y una corbata y los plantan delante de una cámara, los resultados son variopintos. Ellas y sus cardados, perlas y trajes chaqueta. Ellos, su madurez maschile, su cara de corrupto. Y definitivamente, el subgrupo de los subgrupos. Dentro de los variopintos candidatos a las elecciones municipales que se nos vienen encima, veo que se triunfa el ‘candidato blandito’, al que no sabes por qué pero dudarías en darle a cuidar a tu hijo menor ni procuras chocar la mano. Un gesto blandito, una mirada blandita, esa mano caída, son tres de las características que hacen que uno se fíe poco de tipos como los siguientes rostros.

Nota: Estos rostros son públicos; sus fotos aparecen expuestas al mercadeo político.

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