Un gran Duque de Alba ha muerto en casa. Llevaba dos años casi con nosotros y ayer mi cuñado se tomó las últimas gotas. Además nos hemos cepillado un Arrayán 2002 y otro Luberri de la reciente cosecha de los maceración carbónica. Salvo el duquicidio, estamos rayando una media de botella semanal, incluso dos semanales. Vamos, que nos hemos animado con los vinos que un excelente amigo nos va presentando.

Este ritmo de asesinatos de vinos y cognacs está instalándose en casa con alegría. Nos gustan los asesinatos de vinos y espirituosos; llamémoslo enocidios (interesante, también es un truco de la Red para no escribir genocidio y aparecer en los buscadores). Matar un mini, matar un tercio, matar una botella, pero mira que somos cafres. Existen mil modos de expresar la terminación completa de los últimos sorbos de una copa o botella. Y muchos de los que se me ocurren tienen un tinte criminal. Quizá pensamos que el alcohol es el maligno, o el enemigo.

Enemigo quizá sí lo sea. El género homo ha tenido que cuidarse muy mucho de lo que escondía porque, a la que nos tomábamos unos licores, salían las palabras escondidas, las verdades mitigadas por la educación, o los amores castrados y prohibidos durante milenios. El maligno, ni de coña. Es más: ‘ni de coñá’.

De lo de salir a correr, con estos fríos, ¡qué quieres! Mejor encerrarse tras una copa.

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