Hace treinta años veíamos a los mayores especialmente nerviosos. En concreto, unos más y otros bastante menos. Es algo que luego he podido constatar de mayor. El 23 de Febrero de 1981 tenía yo once años mal contados y pude intuir que algo gordo se cocía. No porque en mi casa hubiera un especial ambiente de nerviosismo, ya que siempre ha sido una caja de madera acolchada contra determinadas expresiones sentimentales. Me refiero a que en el colegio (desastroso, público, en plena periferia madrileña y situado en un bloque de viviendas que un prenda dejó sin terminar y que aprovecharon para colocar un colegio para 800 niños) había algunos profesores con barba y bigote, sin duda bastante preocupados por qué sucedería con los tanques de Valencia, los de Brunete y los tiros y pedos de la Carrera de San Jerónimo. Lo de los pedos lo acabamos de saber, por cierto. Público sacaba a la luz ayer lo del mueble bar del parlamento. Anda que, como para fiarse del pulso de un guardia civil armado, nervioso por dónde se había metido, y encima medio borracho.

En 1981 la F se colocó por primera vez a raíz de tal importante fecha. En el año justo anterior a los campeonatos mundiales de fútbol que se celebrarían en España ya teníamos Mapoma, teníamos alguna revista con artículos técnicos y el que más y el que menos había oído lo de los corredores, el jogging, y hasta el fartlek. La cosa de jugar con las piernas, que era lo que hacían muchos corriendo hacia la sede de su sindicato o del PCE a quemar carnets, o del colegio a casa, porque antes los niños íbamos y veníamos a los colegios andando, en riadas que llenaban las calles.

Ahora se montan unas dobles filas de coches aparcados de puta madre. Sí, a las puertas de los colegios. Todo quisque va en coche porque tienen que dejar o recoger a niños semiobesos de su centro de internamiento escolar. Ahora nadie correría del cole a casa en un supuesto golpe de Estado. Es posible que no se corriese porque ya no se corre por nada. Hay más bien escaso fartlek social.

Quedémonos con las imágenes, con la película que estrenarán sobre ello, riámonos del color de los policías nacionales y de las patillas y los bigotes.

Porque, como nos pongamos a pensar cuánto hemos cambiado, a más de uno se le va a poner una mala hostia…

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