No es una mentalidad que adore. En general los medievalismos como el honor y el deber me dan ardores. La sociedad japonesa, lo he dicho más de una vez, no promociona los valores más simpáticos para mí. El paso comprensible de una sociedad medieval y feudal a una postguerra hipertecnológica que los hizo esbirros de los USA tiene que haber jodido más de un circuito neuronal nipón.

Y en el mundo de los corredores, Japón es una referencia. Qué le vamos a hacer. Están volcados con la parte comercial y festiva de los maratones y ulras. Inundan las estadísticas del Honolulu Marathon, el más multitudinario del planeta. Sus pruebas son igual de apasionantes. Tokio tiene más de 330.000 solicitudes de entrada para apenas 30.000 dorsales. Lake Biwa, Osaka Ladies, Nagoya, son unos cafres del running de ojos rasgados. Implica sacrificio, entre otros conceptos. Si me apuras, sufrimiento.

Siguiendo el enlace de facebook de Pablo Villalobos llegué a la web Japan Running News. El artículo sobre el tercer clasificado en Tokio 2011, el local Yuki Kawauchi, es una muestra más. Y de él entresaco un peligroso desliz.

Desliz el no haber borrado las siguientes palabras del artículo: “This was my sixth marathon, and the fifth time I’ve ended up in the medical area,” sonríe. “Every time I run it’s with the mindset that if I die at this race it’s OK.” Estas afirmaciones son peligrosas en manos de un colectivo como el de los corredores. Más si no entendemos el concepto medieval del morir sufriendo. No es una cosa nueva en nuestro mundillo. Los defensores del método de Lydiard de entrenamiento, kilómetros a cascoporro, probaron en los campos de entrenamiento (tranquilos, es literal y no figurado) de Japón bajo los dictados de Greg McMillan, el de la calculadora. Sus conclusiones son duramente testadas y surgieron corredores no muy rápidos pero con una capacidad agonística enorme.

La vuelta de rosca definitiva es el patológicamente sonado reducto de corredores a las órdenes del maestro Nakamura, del que tenéis algo de literatura traducida por ahí. Este estricto maestro de ceremonias llevaba a la agonía a sus corredores de élite bajo la sombrilla de papel de arroz de la sumisión a una causa: ser los mejores corredores hasta el último gramo de fuerzas. El hombre, como suele pasar en las sociedades que no ven más allá de su aldea, no sabía que la genética reparte capacidad de esfuerzo a mala hostia y de manera desigual, y que sus megajapos serían siempre inferiores a muchos africanos del este, por poner un ejemplo.

Pero hasta al colega Murakami le hacía ilusión cruzarse con aquellos kamikaze. Lo cuenta, el hombre, con ese estilo tan llano y de vloj:

En la época en que empecé a correr en Jingu Gaien, el corredor Toshihiko Seko, que entonces estaba en activo, también corría por allí. Se entrenaba a muerte para los Juegos Olímpicos de Los Angeles. Lo único que ocupaba su mente era la brillante medalla de oro. Para él, que se había perdido las anteriores Olimpiadas de Moscú debido al boicot que se produjo por razones políticas, Los Angeles era, seguramente, su última oportunidad de ganar una medalla. Flotaba en él una especie de aureola de heroísmo que, al mirarle a los ojos mientras corría, podías captar perfectamente. Entonces todavía vivía el entrenador Kiyoshi Nakamura, y en el equipo de atletismo de Alimentación S&B se habían dado cita un buen grupo de corredores muy capacitados, con empuje y vitalidad como para parar varios trenes. Como los corredores del S&B también solían usar el circuito del Jingu Gaien para su entrenamiento diario, de tanto cruzarnos por él, nos fuimos conociendo de vista. Incluso me permitieron que fuera a tomar datos e información a un entrenamiento suyo en Okinawa.
Por la mañana temprano, antes de ir a sus respectivos trabajos, hacían footing cada uno por su cuenta y, por la tarde, se reunían y entrenaban ya en equipo. Tiempo atrás, yo hacía footing todos los días por allí antes de las siete de la mañana (a esa hora todavía había poco tráfico, no había casi peatones y el aire estaba relativamente limpio), así que me cruzaba con los corredores del S&B que se estaban entrenando individualmente a esa misma hora y, muy a menudo, nos saludábamos con la mirada. A veces, los días de lluvia también intercambiábamos unas sonrisas. Como diciéndonos: «Hoy nos toca aguantar, ¿eh?».[De qué halo cuando hablo de correr, 2010]

Oig, qué cosa.

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