Marxa Muntanyes de Prades, unas doce horas previstas para completar un recorrido de 67km. Primeros síntomas de que la cosa se pone complicada. Piedra caliza deshecha de zócalos tabulares palozoico y sedimentos mesozoicos. Lo que de toda la vida se ha llamado un terreno cabrón y donde te puedes dejar un miembro, ligamento, la crisma o directamente una evacuación.

De un lado, el instinto de poder correr y arañar minutos para llegar antes a meta. De otro lado, la protección de la especie, la conservación, llegar sin esguince alguna o uña arrancada. ¿Qué hacer? Hombre, pensaréis, un curtido corredor puede sobreponerse a una torcedura, en caliente es ir tirando. Uñas negras las hemos tenido todos, modo: spanjaard, estás cayendo en picado.

El truco era que el resultado de esa evaluación dependía de cómo iba a llegar al coche, que estaba en meta a todavía unos 35km de montaña, y embarcarme en volver conduciendo desde Reus a Madrid y hacerlo dignamente, continuar con mi vida cotidiana, o montar la famosa y dramática operativa ‘cariño, ¿Sabes si Sanitas me cubre traslado en ambudramática?’.

Dicen que las hembras anteponen todo por la salud de sus cachorros. El mismo instinto que nos hace conservar la especie atacando a nuestros predadores, nos hace preservar la salud de riesgos innecesarios. En la puta calle, el miedo. Miedo al dolor y a la incertidumbre. Una vez que asumimos que salir a correr 11 horas por el monte tiene bastante de incertidumbre, al menos a mí me vino a la cabeza que iba a mitigar el dolor. Al máximo.

Subir las tendidas sendas con las manos entrelazadas a la espalda. De paseo. En efecto, iba a perder el ritmo del grupo. Triplicar los minutos parado en los avituallamientos, cambio obligado de calcetines en el km 50, comer más que menos y tomar aire para bajar inmediatamente las pulsaciones. La temida bajada desde el km 57 a meta, 10 kilómetros con 640m de desnivel por sendas descarnadas, con las piernas tundidas, iba a ser la piedra de toque.

La superación de ‘bajar de’ iba a quedar muy por debajo de la protección física. Lo charlé durante varias ocasiones con César, un corredor de Tarragona con quien pasé unas cuantas horas. Daba igual 12h que 1h45. Una vez trotados unos kilómetros de buena senda de La Musara a L’Albiol, recuperé sin desearlo unos cuantos minutos más. En aquel momento tocaba reevaluar, en caliente. Se veía Selva del Camp al fondo y el reloj se asomaba a los dígitos 10h40. ¿Intentar la bajada homicida al tope de las 11h30? ¿Qué sentido tenía si las plantas del pie todavía no decían nada?

Dos kilómetros más tarde, corredores que rondarían el rango de 1hh15-11h30 empezaban a adelantarme de manera suicida. La visión del casco medieval de Selva era un acicate. Por encima de nosotros dos o tres miles de gaviotas montaban un espectáculo mundial y los trailrunners se tiraban en picado para … ¿ganar seis minutos en once horas?

Quizá salió un respeto inherente a flor de piel. El típico miedo a las bajadas de los miopes torpones. Quizá, mi lado femenino.

Anuncios