Sangre, escoceduras, piel encharcada que amenaza con desprenderse de las plantas de los pies y extrañas picaduras de -posiblemente- la oruga del pino. Cuádriceps rellenos de cuchillas de afeitar, gemelos que chirrían en cada acelerón, y cinco horas embutido en un asiento de automóvil mientras intentas no frenar bruscamente para que los calambres no te hagan estallar. La ingle hecha un pimiento morrón a pesar de cuatro sesiones de vaselina.

¿No deseáis vísceras? Fríos datos que produzcan sonrojo ante los conceptos ‘sentido común’ y ‘deporte salud’. Ahí van. Salida a las 7am de una fresca mañana en el Baix Camp tarraconense, con unas extrañas formas nubosas que, aprendería después, no eran tanto niebla matinal como un acre olor que proviene de los polígonos donde conviven refinerías, centrales nucleares, el power tank de la Catalunya moderna. Había dormido cuatro holgadas horas metido en un saco de dormir dentro del coche, descanso ideal para afrontar los dientes de sierra que suponen 4900 metros de desnivel entre subidas y bajadas, así como 67.5 kilómetros de sendas de montaña, el equivalente a trepar y destrepar la distancia entre Madrid y El Escorial si un cíclope hubiera tirado de la manta del territorio y lo hubiese dejado todo lleno de arrugas.

Quinientos participantes, de los cuales apenas distinguía diez o veinte indumentarias de clubes, afilaban sus bastones y se alisaban sus prendas rojo y gris Salomon, sus verdes Quechua o sus naranja corporativo. Decís de estilo vistiendo. Un ejército de geypermanes y geyperwomanes salía al trote por un casco medieval en el que pocos repararon. Porque teníamos por delante la gran zurra de marzo. Miento, para algunos, según comentaban, era ‘otra más’ de ese calendario vigoréxico sin control de muchos corredores de largo aliento.

Primeras sendas entre almendros y olivos. A quién le importa. Lo que importa es mirar al terreno, apretar el mango del bastón, trotar, caminar, trotar. L’Albiol, precioso pueblo al que lo quisiese reconocer, nos recibía al final de un asesino cortafuegos. Qué deslizadero, mozos. Qué dolor de gemelos con apenas hora y media de trote. Todo recto, dos curvones entre pinos y ya. Primera parada en la que nos daban de abrevar pero, al ritmo que íbamos en la primera mitad del grupo, escasamente daba para empujarse un trozo de pan, ver caer los dedos llenos de guantes northface sobre los platos con trocitos de chocolate, ¡la hostia, qué manera de apretarse las vituallas! Seguimos todo a través de la plaza para salir a una zona de valle. Miro el reloj y pienso en la estupidez del gesto. De momento soy un mero estorbo en el descenso, así que esperaré que ensanche la veredita.

Aquí viene. Ahora troto y adelanto a banda. Más rojos y más naranjas y más medias elásticas y más bastones y más mallas piratas. Es el comando Flash Gordon al completo. Y yo, de ranas y pantalón corto. Pasto de los insectos. Bajamos un barranco, que dicen los mapas que es el río de la Glorieta. Hasta que toca vadearlo, para trepar a Mont-Ral por una escalinata labrada en la piedra. Y decía yo que Farena es un trozo de paraíso.  Los chicos de la Aritjol están poniéndose las botas con tanto pico y tanto valle. El perfil es demencial. Madre con el recorregut. Llevamos apenas 15km y mis músculos tienen más movimientos involuntarios que un indeciso en Humor Amarillo. A beber y a comer. Es la estrategia. Miro lo justo una chuleta que me fabriqué con tiempos de paso aproximados de sub 12h y veo que he acumulado un beneficio de unos 20 minutos. Buenos son. Aquí no para ni dios, y mira que hemos atravesado una masía de cuento de hadas, una plazuela en Mont-Ral y pinares y zarzales diseñados como a mano por un paisajista desocupado.

Farena tiene una escalinata que destripa tus sóleos. Es engordar para morir. Pasamos por una casa rural en la que estuve de vacaciones en 2002 y me río. Salir de Farena es encarar una pared de 500m de desnivel para escasamente 5km. Arriba del todo han construido el refugio de Cogullons y a él me dirijo de charleta con un trío de killers con más horas de monte que el Tempranillo. Les dejo ir, porque hay gente que no camina sino que marcha cual tropas invasoras. Y yo no camino tan rápido. Collons dónde han colocado el refugio… Kilómetro 30, cinco horas de matute. La media horaria se va definiendo solita. A este paso tendré que apurar en la segunda mitad, en la que tengo previsto perder horas, que estoy tiernísimo en las largas distancias desde Noviembre. Mando sms a mi plimo e intento contactar con casa.

Segunda parte. El suelo descarnado de la caliza da paso a unas pistas sobre encinares y algun que otro pinar, en el que teóricamente se debe correr. Pero es la típica pista capulla con toboganes que impiden correr más de 80 metros. Funny, ha? Not funny at all. Además tengo sentimientos contradictorios con el trio que discurre conmigo; deduzco que, por falta de educación, a cada palabra que cruzo con ellos me contestan con sorna y en catalán. El humor de la gente, que es variable transcurridas 3400kcal. Decido alejarme antes de provocar un incidente internacional y aprieto en cada tramo donde se puede correr y, con estas, me separo y engancho con César, un chavalote de Calonge (TA) que tiene mejor tono y empezamos a pensar en las botifarres de Prades. Regresa el buen humor pero ya tengo en mente no volver a dejar un control sin rellenar el útero de plástico asqueroso de mi espalda, estoy empezando a notar cierto déficit hídrico.

Prades, plaza. Medievalismo, barbacoa, porró de ví. Que le den por saco a la ética runner. Parece que a todos les ha cambiado un poco el aire, hay mejor humor. Hemos cumplido 40km y el cuentakilómetros ya comienza a descender. Y una polla como la manga del abrigo de Churchill. Más picos del perfil nos llevan a Capafonts donde ya no troto con alegría. A cruzar un arroyete donde avisan de peligro de resbalamiento. A ver que llevamos más de 8h y que queda un mundo vertical para que asome el km 50. Curva de herradura, contracurva, vuelta a girar… menos mal que dos alicantinos cachondos vienen detrás de mí y me entretengo un rato pero, ya voy planeando cambio de calcetines porque la piel de la planta me tira horrores y los muslos vienen avisándome de hace tiempo de la necesidad de una nueva capa de unte. Ya sabéis, la mezcla entre la gordura, los kilómetros en exceso y los postafeitados. Todo glam.

Cada uno se tatúa 'FINISHER' como le da la gana

Conseguir coronar es un bálsamo, coño. Dejo que se vayan por delante los de Benidorm y recalculo. Lo cierto es que me imprimí una referencia de tiempos para hacer 12h y hace días que no lo saco. Miro por encima y creo que voy bien, habrá luz de sobra para llegar pero, qué queréis que os diga, toca taller de psicología de zombies y sólo se puede pensar en la siguiente parada. Que no llega. ¿Para qué va a llegar? ¿Para joder? Veinte largos minutos después, tras haber pasado a un muerto viviente con una uña que le iba torturando -venga, un poco de solidaridad- asomamos a La Mussara, raro pueblo abandonado pero con un control lleno de buen humor.

Revitalizador. Me aprieto entre pitorreos unas lonchas de jamón, juerga y fotos con el batracio, y el mero anuncio de que el siguiente control está apenas a 3.6km me anima. Modo palmadas con las orejas on, a trotar. Hago apenas 25 minutos en todo el tramo. L’Albiol, 10 para meta. ¿Nos despeñarán por un canchal? ¿Seguiremos esas simpáticas sendas entre espinos, con el suelo lleno de piedras puntiagudas? Venga, chicos de la UE Aritjol, sorprendednos (mientras me preparo psicológicamente con un montado de queso y pan con tomate). Es cuando me aplico en refinar mi teoría sobre la conservación o la superación. Me van los pies en ello.

Y entonces es cuando llega la visión reparadora de una bajada que no era tanto, de 10 kilómetros que no parecían 20, y de un reloj que tampoco iba a desmadrarse demasiado de las 11 horas. Todo era menos grave. Hasta los caminos estaban bien apisonados, al menos en la última sección. Había sido un mal rato, que duró 67km, pero todo había terminado.

Ahora solo había que conducir de regreso otras cinco horas hecho una escarpia. Todo volvía a comenzar.

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