Fuente: facebook Mapoma

Bajo perfil el del día de hoy. Eran las 22h de ayer cuando estaba bajando tablones 5 pisos más abajo, al trastero, después de cuatro horas de rodillo. No, no soy ciclista. De rodillo de pintar. Techo y paredes de una estancia de la casa. Así me levanté pensando en si asomarme o no a la salida del mejor maratón de asfalto que se celebra en Madrid. También el peor.

Un billete de diez y unas piezas sueltas, un décimo de tubo de vaselina y un pantalón corto, malla rota debajo para aliviar rozaduras y una camisa fresquita. Sombrero corto para el sol. En la foto de familia de los amigos paquetes me llamaron boer. El tío Javi Locomotoro sabe de los boers, colonos holandeses de sudáfrica de principio del siglo XX. Puede ser, cierto aire de Memorias de Africa llevaba yo. Pero desconoce, intuyo, que boer significa simplemente granjero en neerlandés. Los granjeros que gustan de beber cerveza después de palear trillones de balas de heno, de llevar zuecos para pisar sobre la mierda, los que van de compras a la ciudad colorados y hablando desmedidamente alto… oh, cielos, menos lo de los zuecos, Javi tiene razón. De cateto integral iba yo.

Así que, haciendo el gañán, busqué tras la salida a los amigotes del club de los paquetes. Había que tranquilizar a un tenso debutante, Esteban Pronador, saludar a la concurrencia, pero ante mareas de casi 10.000 personas es complejo. Unos van por un lado de las avenidas y otros por otros. Por las aceras subí trotando paralelo a la prueba con el objetivo de poder correr algo del maratón con amigos. Tras el recodo de Plaza Castilla aparecen. Bien, kilómetro cinco, sudando como un pollo. La camisa de algodón era fina y amable y las Kayano unas compañeras fieles. Charla, consejos, calorcillo, las piernas no se quejan y … esto es lamentable. Reconozco que me ofusqué y a las diez de la mañana ya sabía una cosa. Mínimo iba a correr media maratón. Tengo conexiones en Sol para subir a casa en tren. Cómo no. Hala, haciendo el pedorro al suave ritmo de los paquetes, unos chistes aquí, unas batallitas allá, y llego a casa de Guille, donde su encanto de esposa me presta una camiseta. Estaba claro. Un servidor iba a terminar con una camisa de vestir empapada y necesitaba algo para subir en transporte público sin ser detenido.

Claro que todavía no había alcanzado a Guille y Bandoneón. Esto fué pasado Sol. Más de diecisiete kilómetros más tarde dí con ellos y ahí empezó una subversión íntegra del hecho maratoniano.

Es el momento en que debes abandonar este blog si has llegado a él buscando una crónica estándar. El universo bloguero está lleno de tiempos, pasos y parciales, sensaciones y calambres, vaselina y …. bueno, vaselina tuvimos nosotros. A capazos.

En un rato alcanzamos el esquinazo de Ferraz donde estaba el cuarto capullo de los Jackson Five. Sí, los Jackson Five somos cuatro porque éramos cuatro clarinetistas del maratón al que se unió un contrabajista abarcador al que tuvimos que dar matarile. Chistes como el de Benavides que Guille repitió hasta tres veces en el tramo de la avenida de Valladolid. Andrés que paraba y no arrancaba hasta que el flato y los pinchazos en el pubis no pararan a Guille. Unas italianas de Cremona a las que adelantamos y deciden darnos palique. Nos tenemos que detener porque me quieren hacer, no, mejor, quieren hacerse unas fotos conmigo. Tras tanta tensión sexual mal resuelta decidimos detenernos un poco. El maratón es una cosa demasiado seria para tomársela en serio.

Gambrinus, Avenida Valladolid. Caen unos refrescos alcohólicos y unas olivas tristes. Así es imposible reponer sales y en breve Andrés empieza con los calambres. No. Dentro del bar no, pero en pleno Lago y Parque de Atracciones sí. Es impepinable parar de nuevo. Esta vez cumplimos con sólidos modo tortilla de patatas y demás saladillos en el Bayona, a la salida de la Casa de Campo. Vemos que las seis horas no son un destino irreal así que ahora solo toca capear el temporal de los kilómetros andando y trotando, y capear el novillo desenfrenado en que ha convertido las cervezas a Guille. Dios, qué bochorno. Qué risotadas nos echamos. 34, 35, 36, caen los kilómetros del pitorreo… lo demás es ajustar los relojes, preguntarnos si para esto cortan el tráfico en Madrid. Me refiero a esto, nosotros, podíamos ir perfectamente por la acera, de verdad, no nos habría ofendido. Total, estaban desmontando todos los puestos, no había público ya desde el km 25, se ve que Madrid es como el lego, llevan y traen a la gente de una manera tan fácil con el Metro que la 1/4 parte de los corredores circulan por un desierto.

En la puerta del retiro entregué los trastos de reir a estos tres. El sombrero, a Guille. La camisa a una papelera. Abrazos de machos alfa y lagrimitas saladas. Con el objetivo cumplido me dí la vuelta y me dirigí soltando las piernas a todo trapo hasta Sol, un par de kilómetros más, pensando que quizá la seriedad del mundo mata más que las balas. Cinco horas y media más tarde me sentaba en un Cercanías.

Es más que probable que poca gente haya de acuerdo con esta perspectiva. Es necesario que no la haya, por el bien de la seriedad del evento. Pero yo sólo iba acompañando. Yo no soy corredor. Hoy no lo era.

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