LA VEINTIOCHO SESENTA

Es una esquina que debo sortear todas las mañanas. Paso despacio con la furgoneta porque hay un cruce semiciego, están construyendo en el solar que daba visibilidad así que, sin querer, fijo la vista en las cuerdas deshilachadas del primero y segundo piso, donde normalmente cuelgan monos azules de obra. Todo esto es para explicar que muchas veces existen unos estándares que precisamente una mañana se rompieron en mil trozos. Las cuerdas se veían desde la lejanía, desde una calle en ángulo obtuso donde se colocaron unas docenas de casas en las décadas de la construcción de un Madrid desorganizado. Ayer rompieron todo de tal modo que tuve que afinar mi vista de miope; ¿Eran aquello banderolas de España? Qué santo patrón sería o no en mitad de Abril me tuvo entretenido hasta que pude identificar dos bizarros capotes de torero.
Amarillo y rojo. En mi vida había imaginado que los aperos de la torería se metían a la lavadora como las bragas de algodón y los calcetines. Para mucha gente le parecerá obvio pero tampoco estaba yo como para componer escenarios. Venía al volante, currando. Si me despistaba mucho más de lo habitual, lo típico, el móvil pitando con nuevas órdenes de recogida de la oficina, el programa de radio tres por los altavoces de la Transit, me iba a dar un porrazo digno de que me echaran de la empresa. Aun así sostenía para mí cierto hilo aquello de lavar el polvo del arenero, el sudor de la vaquilla o la sangre del novillo picado. Qué se yo, ni idea. No tengo absolutamente nada que ver con los toros ni con los toreros. Admitámoslo, era como la inquietud curiosa de un japonés. En un barrio así podían perfectamente vivir toreros o mozos de espadas o su puñetera madre montada en un caballo con peto.
El asunto es que, en menos de dos horas, tuve que volver a pasar por ese cruce anodino y lleno de barrotes en las plantas bajas, con persianas verdonchas enrolladas sobre sí mismas y cuerdas donde debían estar los capotes. Cosas intrínsecas del oficio de mensajero.

Y no estaban. Los capotes no estaban. Y no hacía calor como para secar aquellos banderolos. Yo qué sé. No entiendo mucho de paños pero no hacía como para orear todo aquel trapo ondulado como si fueran unas algas semisecas. El trapo al que entran los toros tiene toda la pinta de ser duro, casi de madera, de sostenerse de pie, o casi. Además estaba a la sombra. Pasé el cruce y me detuve. El coche marcaba apenas nueve grados y, sí, esa acera estaba a la sombra. Pongamos que la madre del torero había echado a secar todo aquel andamiaje la tarde anterior. Si no, las chaquetas de punto y los pantalones de chándal que ahora sustituían a las muletas o los capotes encerraban alguna historia. O no. Me guardé mis pensamientos mientras entregaba los paquetes de todo el veintiocho cero cuarenta y dos. Durante toda la mañana conté las horas y los esquinazos a doblar que me quedaban hasta la ruta de regreso. ¿Qué me encontraría al paso por el cruce?
Con una sensación compleja en el estómago me dirigí hacia el mismo cruce. Por las horas que llevaba de reparto, la sensación que me horadaba debía ser la usual acumulación de aceleración y de hambre. Por mi experiencia con las rutinas era más bien hambre. Estaban a punto de dar las dos de la tarde y no me esperaban en la veintiocho sesenta hasta la segunda tanda de repartos. Decidí obedecer sin dejarme embelesar por la poesía del momento de los dos misterios que me atenazaban contra el respaldo de la furgoneta y paré enfrente del balconcillo. El tendedero en el que antes había instrumentos de marear al toro parecía absolutamente distinto. Aquello se había convertido en algo de aspecto de burbuja de cristal que encerraba los olores a cocidos y la fileteada en la sartén. Sentí como estaba perdiendo misterio y ganando en esa náusea profunda que ataca a las paredes del estómago y me metí al Grajo, un bar de comidas muy concurrido en el que uno puede enganchar una salmonelosis o un tres por dos de cañas con ración de morro adobado. Mi esperanza, mejor dicho, una idílica aspiración, era la de poder encontrar allí a unos tipos con patillas y cara de campo. O sea, unos toreros o mozos de espadas o algo del gremio. Se había convertido de golpe en obcecación.

“¿Cómo se busca un torero? Más todavía ¿qué necesidad tengo yo de buscar un torero por el barrio?”, me sorprendí hablando en voz alta.
“Pues en la revista de mi trabajo salía un soplete de la empresa justo enfrente de Kylie Minogue”, respondieron a mis espaldas “Nada, que salimos el otro día en El Hormiguero”.
Me giré y reconocí a Julián, un soldador segoviano con mono gris perla.
“No, que te oigo hablar de encontrar toreros y yo te digo lo que me han contado esta mañana. Cada uno está con sus chorradas. Oye, que muy respetables pero, ¿para qué quieres tú un torero?”, me dijo.
“Ni te imaginas. Si te digo cómo ha surgido todo… pero ¿qué hago yo contándote todo esto?”
“Oye, que el que hablaba de toreros eras tú”.
“¿Me pones un plato combinado por favor con un doble de tinto gaseosa?” viré hacia la chica que hacía molinetes usando la bayeta sobre una plataforma de cristal que cubría las raciones de la atmósfera acre del bar.
“Te lo pongo con pimientos o con patatas fritas”
“¿Es una pregunta o una orden?”
“Sí que estás suspicaz con lo de que te andas buscando toreros”, me dice el soldador.
“Aquí arriba, casi en la esquina, me he encontrado dos capotes tendidos al sol a secar. Ríete pero al par de horas los habían quitado. Así, de repente”, desvelé mis inquietudes a Julián, que mordisqueaba una aceituna y que ponía cara de no entender nada.
“Tendrían prisa”.
“Un miércoles”
“Coño claro”.
“Los miércoles tenemos la agenda apretada los repartidores, pero no los profesionales liberales” dije suponiendo yo que un periodista o un pintor tendría las alas desplegadas hacia la organización de su tiempo. Atizando con el lateral del tenedor a la yema de un huevo a la plancha estimé que en el Grajo poca información sacaría a la hora de comer. Había un zumbido como de aspiradora siete tonos más grave, que pertenecía a la campana extractora y que, por irregularidades en su existencia, había sido diseñada como para espantar a los clientes en lugar de aspirar los humos.
Sin duda era mucho mejor hora la caída del café. Los taurinos, estimé, son de comer en casa.
Con mantel de hule con un mapa de España. Pan y porrón. Claro. Era eso.
Pasaría más tarde por los dos bares antagónicos de la calle, el sifón nuclear en el que apenas se oía nada más que murmullos apisonados por la campana extractora y en el que ahora me encontraba, y el Ongi Etorri, un asador que había cien metros más lejos de los balcones de la discordia. No había lugar a dudas; este gremio baja a echar un café o un carajillo después de machacarse el telediario y una siesta. Las tradiciones ante todo, pensé rápido y certero. El plato combinado estaba haciendo funcionar mi cerebro más rápido de lo esperado. Sería el adobo del filete de lomo. Quién sabe. Seis euros más pobre y aturdido por la banda sonora del bar salí a la furgoneta. Esta tarde haría una parada a la que volvía de la agencia.
“¡Oye, mensa!, que me dicen que aquí en el bar para mucho un antiguo locutor que hacía radio y que pisa mucho las Ventas y Vistalegre” me voceó Julián desde el quicio de la puerta del Grajo. Era el momento. Tenía que entrar de nuevo.
Desde la parte exterior de la acera se veía a Marcelino Puertas, Marceliño , cuadrado con los codos sobre las esquinillas inferiores del As. Marcelino Puertas había escurrido el bulto de estudiar en el seminario mayor de Santiago de Compostela y con escasos quince años empezó a hacer recados en la radio de la capital. En los setenta radió sus primeras ferias menores y se apalancó como uno de los fijos en la década siguiente. Un escándalo desencadenado por un poco de su lengua afilada por aquí y un alcalde famoso y aturdido por el campari por allí lo relegaron a informativos y, pasado el tiempo, pasó al status de prejubilado y habitual de la taberna en la que rehusé entrar. Quizá mañana tampoco estuvieran los capotes y no pasaría nada.
A primera hora se desvanecía la cordada en una suavísima curva sin nada.
Pasé a media mañana y había dos jerseys y una sábana color yema de huevo.
Por la tarde las cuerdas colgaban otra vez vacías y sin vida. Pensé que los viernes por la tarde la madre del torero o del mozo de espadas tuviera todo preparado para que el muchacho saliera de ronda. El sábado haría un bolo en plazas de chapa y tablones o quizá moriría en alguna calleja o viviría tranquilamente en su mundo de negro y de color y de toros moribundos.
El lunes no fui por el cruce como suelo hacer. Tuve que dar todo un giro por el lateral de la M30 hasta salir a una colonia de casitas que lindan con Ramón y Cajal y Corazón de María. Son construcciones como pastelitos de crema en las que apenas pude fijarme, cosas de semáforos, salvo en una, en cuya puerta interior, traspasado un murete del jardín anterior, había una especie de tablones apoyados en vertical, de color vino tinto del malo, con líneas curvas de color más claro, casi rosado. Aquello tenía toda la pinta de ser un tramo de burladero o de valla de un tendido de una plaza de toros más o menos desmontable.
¿Viviría en aquel hotelito un promotor de corridas? ¿Un constructor de plazas móviles?
Terminé mi gestión mensajera y pude regresar, adrede, por la misma calle de los chaletitos. Pero no me dio la gana.
Ir por una ciudad no tiene que ser un argumento completo. Mientras entraba en las vías rápidas de la ciudad con la Transit llena de cajas y de bolsas de plástico pensé que soy más feliz fotografiando con la memoria y tirando los revelados en rincones de mi tiempo. Mi felicidad se alimenta de buscar un instante de los infinitos que aparecen y abrillantarlo un poco con un paño blanco, como cuando se mira una baratija en un puesto y se vuelve a dejar. Es como pagar con tu tiempo el inmenso placer de vivir una realidad troceada, pagando con dos, tres segundos, no más que eso. Un acuerdo comercial al que llegaré fácilmente con el propietario de la realidad. A mí, los toros, la verdad, tampoco me tiran tanto.

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