Mirándome los pelos de las piernas, mejor dicho, las puntiagudas sartas de cebolletas que, de dos en dos y hasta de tres en tres por poro, surgen de mi pilosa carne, me da por pensar. El viernes por la noche me uní a una batida de zorros viejos y de algunos jovenzuelos cachorros (saludos, comando villalbino). Unos más y otros menos, nos dispusimos a pasar la noche corriendo por la montaña. Che, que decía Pepo, un vicio tonto como otros muchos que existen. El entretenimiento de gentes que tenemos energía después de una jornada laboral suavecita. El que aquí teclea estas cuerdas de tender palabras que son las frases, porque las frases escritas son eso, hilachos de los que penden nuestros pensamientos, piensa que esa es la clave de mucho de lo vivido este fin de semana. Que estamos poco baqueteados.

Y no esencialmente en la salida de cuarenta kilómetros por la noche, a la que todavía no sé si incluir en el índice carneburro o dejarla de refilón sin justificar. Me refiero a que es la clave. Terminamos el día casi enteros. Esto me permite entender por qué la población de un país de la periferia europea, que está en el borde de caerse del bienestar de la producción del primer mundo, vota masivamente partidos conservadores y, quien no vota, consiente.

¿Cómo hemos llegado a esto?

Remontémonos (abuelooooo) a 1923, año en que yo escasamente pintaba nada en este mundo de los blogs. El régimen de los caciques tiene al país metido en escabeche y un general pega un porrazo en la mesa. El régimen monárquico español da la espalda a la industrialización y la alfabetización. Es una solución muy española la de la avestruz. Así pasarán años hasta que los esfuerzos vacíos de unos y otros desequen el campo, se mande finalmente a tomar vientos la revolución agraria y las máscaras caigan por su propio peso. El ejército fascista se alía con la iglesia cacique y sumen al país en hambre, miseria y envidias. Resultado, un millón de muertos.

¿Cómo se sale de este agujero moral? El valiente y aguerrido pueblo español sale tirando de su armamento prenuclear: la envidia.

Ejemplos. El poder apuntarse mejor que el vecino al desarrollismo de Franco. Pagar antes que otro los plazos del Seat 1430. Volver al pueblo para las fiestas estrenando coche y con seis trajes en perchas. Y así llega la democracia, para la que evidentemente no estábamos maduros. La producción industrial autárquica tenía dos boquetes enormes: la conciencia obrera y un déficit exterior, y había que evolucionar. No se podía consentir.

Panorama electoral de los últimos 70. Mil facciones de la libertad adquirida, tres bloques de obediencia eclesial. Todo va perfilándose hasta que llegan los dorados años de la década de los 90. Billetes de cinco mil a espuertas. Juegos olímpicos con tajada para todos, una puesta al día demasiado rápida de las infraestructuras, del modelo sanitario, prisas y más prisas para llegar a ser más que el de al lado y todo, cualquier cosa, menos pobre.

Desconozco cómo se verá la ascensión y el milagro americano en un país subdesarrollado. Miento. Lo desconozco a medias, me refería a países de América Latina o África. En España hay un repaso al catálogo moral tremendo, versión 3.0 de la envidia española. El estado del bienestar se mide en créditos para el consumo, la flexibilización laboral y en vivienda de calidad. A todo tren pasa a ser una expresión en desuso y ahora todos vivimos un sueño en el que lo más importante es olvidar que uno, sus padres, abuelos lo más lejano, fue pobre.

Porque pobre es lo mismo que obrero. La cultura de la socialdemocracia y las ciudades para vivir desarrolladas por los gobiernos del PSOE son nubes de (don) algodón. Ahora hemos heredado una lasaña de varias capas donde cuanto más asentado, mejor. Una de gente con dinero, una de bechamel de jubilados modorros y asentados en el miedo al inmigrante, otra de obrero rallado transformista y un gratinado de jovencitos hechos a todo cuando en casa, realmente, no hay nada. ¿Es la culpa, única y total, de los sucesivos cuadros de mandos socialistas? Para mí, ahí está la clave. Nos han brindado la oportunidad de ser nuevos ricos y olvidar la revolución de Asturias y el latifundio y poder, por fin, mandar a los críos a Inglaterra a estudiar idiomas. Se ha lavado el germen obrerista de la cabeza semivacía (esto lo tenemos de serie) de los ciudadanos hispanos.

Me vuelvo a mirar las piernas y subo la vista de nuevo al portátil. Pero mira que me las afeito mal. Al tensar el pie hacia adelante se me clava un calambre obrerista y he de dejarle callar, no importunarlo. Minimizarlos. Como mucho, uno cada seis horas. Es como el peaje al que dejamos llegar al organismo. Es como si los calambres que nos atenazan cuando nos empeñamos en estirar la burrada se expandiesen a las mesas electorales, cada cuatro años, alternos, isquiotibial derecho, gemelo izquierdo.

Más, no.

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