Pásame el afilador, Germán. Hay que seguir sacando punta a la guadaña.

Tenía pensado ponerme a hablar ya de cosas del correr y del vivir, que es lo que a uno le da votos y amistades, y dejar la política reposar un poco. Así que no he podido contenerme y, en un hueco laboral sin mandos intermedios ni cristo que lo parió (eso sí, muchas reuniones), me he largado a correr un poco.

El asunto ha sido así. Me he calentado el cocido del tupperware a 900W y le he dado muerte por la vía penal. Hecho esto, secándome aún las lágrimas del último eructo, porque uno es muy vehemente y pone en funcionamiento todos los músculos a la vez, me cambio raudo y salgo a corretear media hora.

Con dos huevos y 30º. Ay, si hubieran sido dos huevos. Era un esófago lleno de garbanzos, patata, zanahoria, morcilla, calabaza y chorizo. He arrancado el homenaje a la industria que no produce nada, a la logística, los servicios, cuánta palabrería para ver que España no produce ni casi transforma. Logista, UPS, Nacex, luego unas plataformillas mixtas, aduanas y logística marítima, 24h, gasolineras, concesionarios de Toyota, bmw, rotondas arriba y abajo para terminar haciendo unos siete kilometrejos mal contados a un ritmo metálico, como el hipo del adolescente que ha bebido mal y anuncia una regada de vómito.

Los polígonos industriales. No me mataron pero me dejaron lleno de dolores cuando salía de noche en aquellos meses previos de San Sebastián y de los ritmos alocados. Los he aguantado en las sesiones de las cinco y media de la madrugada y mira que los rehuyo. Nada, regresan a mi existencia. Industriales über alles.

Ahora la jornada de tarde. Ardores y sudamientos. Pero qué deporte más asqueroso tenemos.

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