El avance del calendario es inexorable. Para todo. Para todos. El fin de semana corriente, que uno podría llamar de transición o de recuperación de la carcasa, se ha ido de la manera más discreta posible. El sabado salía con la idea de empaquetar dos sesiones y comenzaba con unos agradabilísimos 19 o 20km de reflexión. Cuestecillas, humedad ambiental, debates postelectorales y solipsismo del corredor, con un alto grado de concentración en pos de los últimos treinta días antes del Gran Trail de Peñalara. El simpático y ya familiar getepé.

Lo que pasa que esto del GTP, que ya suena como una sansilvestre o unos cientounos de Ronda, es una cabronada de ciento diez kilómetros alrededor de los macizos más altos del Guadarrama. Esto es, como salir de Madrid en dirección de Avila y, entre medias, sufrir los caprichos de un topógrafo borracho o de un atlante que hubiera sacudido la alfombra. Así, a pelo, se ascienden y descienden ordenadamente un pico de 2200 metros, un colladete entre encinas, un col alpino de 1800 metros, descender por pinares hasta encarar otro collado de 2000, girar por una cresta glaciar que te lleva a los 2500, tirarnos despeñe abajo para volver a regresar por una fácil ascensión nocturna con forma de joroba de camello.

Sí, uno tiene que encarar una bestialidad con cinco kilómetros verticales de ascensión. De eso no se libra ni cristo, salvo aduciendo lesión u objeción de conciencia sobrevenida. Por tanto hay que tirar de los dos instrumentos (aparte de los cojones) que esto de correr me ha permitido enarbolar: la presencia de ánimo y el cuajo infinito.

No es gran bagaje cuando el personal anda entrenando constantemente por la montaña, acumulando horas y horas de sendas. Así no hay manera de arrimarse a los culos de experimentados compañeros de entrenamiento. Ellos llevan una marcha más. O marcha y media. Uno se siente como un percherón que garantiza fiabilidad tozuda y pachorra. Tomémonoslo con buen carácter. Cuánta gente que practica esto del correr quisiera presentarse con garantías de no morirse en una burrada de treinta horas. Reconozco que mi chasis es un hierro privilegiado sin apenas abolladuras y que el motor va, mal que bien, durante horas.

El fin de semana que viene toca evaluar de nuevo el consumo de gasoil. Intentaré programar otra salida de unas ocho horas donde no me crujan los miembros ni me agote innecesariamente. Tiempo tendré de agotarme de aquí a un mes.

Ese día nos reiremos todos.

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