Hola polluelos.

Por la acera iban hoy dos crios con ropa deportiva. No sumarían entre los dos más de 18 años. Charlaban, eso parecía, de sus fantasías sobre juegos. A escasos metros por detrás un pequeñajo con pinta de espabilado iba de la mano de su abuela con un flequillo empingorotado y un polo blanco y azul, reluciente, nuevo. Se veía que lo estrenaba hoy, último arranque de su semana escolar. El brillo en los ojos de los tres era similar al de una criaja con rasgos andinos embutida en unas mallas pirata rosas y a la que habían coronado con un coletero de cerezas.

Todos salían hoy de sus casas con el cerebro a estrenar, un Lunes más. Con toda una vida por delante y con un futuro que, de existir, se lo tendremos que explicar.

Un número aproximado de 200.000 personas podrán explicar a sus hijos que en las manifestaciones de ayer 19J había una percepción física clara: se puede cambiar. Digamos que un millón más, o dos, de votantes de partidos por el cambio, lo podrán corroborar. Qué se yo, esos niños que hoy van a consumar un final de curso puede que tengan la suerte de pertenecer a familias sin problemas. Pero esto es improbable. Altamente.

Posiblemente pertenecerán a quince millones largos de familias en las que se acepta el sistema, o se prefiere pasar la mañana del domingo tomando el aperitivo, o que se confiesan hundidos por el sistema y el paro y esperan una última ayuda por parte de esa mantis religiosa económica. O, simplemente, familias a las que de momento les va bien, o que no tienen hijos a los que pasar el marrón. Me pregunto si la cantidad de huecos que había para aparcar el fin de semana en mi calle eran debidos a los manifestantes o a los veraneantes de fin de semana. Hay un problema y es que en mi calle no viven ni ejecutivos de cuello blanco ni empresarios ni grandes ganaderos o profesionales de la política.

Si en el cambio existe un futuro, según unos cuantos cientos de miles, ¿cómo se lo explicamos a nuestros hijos?

¿Cómo les decimos que -además- estamos allanando el futuro a los hijos de los que ignoran y desprecian la movilización por ese futuro? Los niños tienen un sentido enorme de lo que no es justo y lo que sí es. Por eso, quizá, se emplea tanto tiempo y medios en confundírselo, borrárselo y convertirles en máquinas de pasar el fin de semana.

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