El tiempo corre que se las pela. Asustados como seguimos todavía con el asunto de las altas temperaturas de esta segunda parte del verano, toca mirar adelante y armarse de un termómetro, un buen vaso de vino y un calendario.

Y es que en 27 días, ni uno más, será hora de hacer otro 100. Hace tiempo que no intento una distancia así de redonda. Entre pruebas de 24h en ruta que desaparecieron por la falta de apoyo público, carreras como el GTP, donde decir ‘cien’ es como decir ‘pollo’, con su particular distancia y desnivel, he estado algo alejado de ese número redondo. Que, de por sí, ya mete miedo. Más que un nublado. Hace tanto tiempo como 2005 (Ronda) y 2006 (corricolari).

Cien kilómetros son una bufá de kilómetros. En un tiempo apañado, benigno, con su chispear, hierba verde por las lluvias y horas suficientes de luz, es recorrer lo que antiguamente se tardaba en 3 o 4 días. Pero hubo una década en que los organizadores de pruebas ingirieron más psicotrópicos de los acostumbrados y de los 42.195 se pasó a los 100. Tras la ruta, reducto de inexpugnables tipos con barba y gorra, se saltó a la serranía de Ronda, a las pistas de los alrededores de Madrid. Luego asomó el interior de Catalunya con aproximaciones diversas y la llanuda de Mérida. Últimamente el Bierzo, al que tengo echado el ojo para el próximo Mayo. Como se puede comprobar, tiros, pedos y acción.

La última ha sido el rescate de un viejo proyecto por parte de ese romántico que es Paco Rico. El año pasado dábamos pistoletazo a una prueba que empieza en Madrid y termina en Segovia, pero sin coche.

El coche es que todo lo jode.

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