Ha bajado el calor. Yippie! Pero no ha bajado tanto como para poder vivir confortablemente con las ventanas medio cerradas. Seguimos aspirando cada brizna de aire de la madrugada porque Madrid es así. Cabrón. Y en fiesta, hoy.

Eso sí. Para correr, ayer pudimos comprobar que ya no hace tanto calor. Es curioso. Demuestra esto que servidora ha terminado por adaptarse a los calores cuando las pulsaciones están a 170 antes que cuando me siento a cenar en casa. ¿Y semejante perversión? ¿No debería ser que uno poco a poco tolera las temperaturas extremas y desagradables, primero en reposo y posteriormente en movimiento? Pues no. Ayer hubo una prueba empírica de que el cuerpo humano, mi cuerpo humano (o, mitad humano mitad kiosko de la once) ha perdido las medidas lógicas de la fisiología.

Tanto es así que adelantaba a los que me dejaban para los restos hará un mes. Y no será por más entrenamiento. Eso lo pueden comprobar en el Registro de la Propiedad del Corredor. El otoño se acerca, temblad, las figuras de la noche cerrada y los patas peladas del grupo de entrenamiento de la madrugada se acercan. Ayer fue una legua llena de cuestas y de trampas. Otro día pueden ser setenta kilómetros.

Verano, pírate. Coño.

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