“¿Qué, comprando guarrerías para el sábado tu también?”

Miró y dejó de hablar a las chicas y con su colega. Le estaban elogiando y me dio un poco de corte interrumpirle en ese momento de triunfo. Era el pasillo de las mierdas alimenticias para deportistas. Hablamos del decatlón de San Sebastián de los Reyes. Si me estás leyendo, perdona que te cortase el rollo.

Pero estábamos hurgando como ratones en las mismas despensas. Las barritas, los caldos fríos, los suplementos. Posiblemente compráramos asuntos diferentes. De hecho yo iba cargado de calzado para los críos y unos chubasqueros de la sección de deportes de agua, y me asomé a por tres pegotes energéticos dulces que me compensen un poco el salazón de las lonchas de jamón. Por allí circulan constantemente varones (lectoras runners, ¿vosotras no ingerís estas porquerías?) que paran a mirar y a toquetear las pogüerbares y las aptonias y los cofichoses.

“Si”, me dijo, sonriendo desde la atalaya de su camiseta azul de vías pecuarias, la del logo de la oveja lucera sobre algodón. La camiseta que iba a hacer que no triunfase en su descripción de la heroicidad.

“Tienes veinticuatro horas”, alcancé a escuchar.

Con esa camiseta no. Algunas camisetas te hacen perder caché. Llevar una oveja sonriente no es lo mismo que lucir un look psychokiller con blancos y perlas de Salomon Running. Qué coño va a ser lo mismo.

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