[Breve, L. Arribas, oct 2011]

“Solo le pido a Dios una cosa. Como le pase algo a mi abuela, me presento en el bar y se lo destrozo a mi tío. Se lo destrozo con mis propias manos”, amenazaba el Fabi con lengua pastosa, hablando al móvil.

Lleva varios días sentándose en el hueco de la puerta de almacén de mi autoservicio de referencia. El Fabi hace guardia entre dos pertenencias simbólicas porque recuerda los años que pasó en el bar de su tío, al que jura arrancar los ojos, currando como una mula adolescente. Está sentado a la hindú entre un litro de cerveza y una caja de gran formato, ya plegada, ya –supongo- desplegada para pasar algunas horas en las que el supermercado cierra caja y todos cerramos nuestros ojos en la cama.

“Cabrones, como me entere que le pasa algo a mi abuela se lo destrozo con mis propias manos”, reitera, porque en ese bar se dejó en favor de su tío Germán seis años de tardes enteras, que empezaban a la que se levantaba de la mesa y terminaban cuando solamente permanecían de vigilia dos borrachos o tres. En esa taberna que sigue aniquilando restos de serie de generaciones de ciudadanos, el fabi también adquirió velocidad por la pendiente invisible que atraviesa ambos lados de la barra y se convirtió en habitual de otras tabernas.

Lleva varios días sentado. Lo ví por primera vez cuando languidecían las tardes con sol y pedían permiso las primeras sombras de Octubre, las que le permiten pasar desapercibido. Al principio pensé que era un producto más de la crisis que está enviando a conductores a los bancos de los parques, a albañiles a los bancos de los parques, quitando el sitio a los estudiantes que tomaron los parques con perspectiva, como preparándose para un no futuro. Desempleados que pasan un par de horas en mi barrio antes de subir a casa, como haciendo algo de nueve a siete, como si siguieran ligados a una mentira que tardará poco en ser desvelada. El tiempo en que no les de para un recibo del comedor del colegio de los críos, porque descubrirá alguien que no llega el sobre. A Fabián, al fabi, le confundí con una versión más liliácea de su tío, a quien se parece en la cara, mucho. Pensé, mientras miraba de reojo las dos cajas y el litro de cerveza, que él también hacía tiempo mientras llegaba la hora de subir a casa. Ahora voy comprendiendo que no le da más que para esa cerveza, que amenaza por su teléfono móvil sobre cómo ama a una abuela muerta hace meses.

Porque a Fabián no le da ni para mantener un móvil en funcionamiento.

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