Ayer arreglé unas verduras de aquella manera. Pude reunir: media calabaza, tres patatas, un pimiento verde, un calabacín, y un seguidor de facebook Justin Bieber. Tras quitarle el caldo salido de la olla, pasé la turmix al asunto y:

1. tosté unos piñones
2. rallé queso viejo

El puré ganó horrores. Le pasé el repunte teórico a mis compañeros de Morro Fino en el foro estudiantil,  como aderezo para las groentjes. Y ha tenido éxito. Un colega dice que mi santa debe tenerme en un pedestal.

Esto es un interesante debate. A los que tenemos que alimentar a la prole a diario, se nos debe mimo y alabanza diaria para crecer en alguna dirección, ya sea la de la exploración de recetas o cocinas extrañas, o la inspiración propia, conociendo por el uso diario cómo se comportan las cosas.

Si no, los familiares se arriesgan a que el fogonero caiga en la única dirección derivada de cocinar sin estímulos: el rancho (the ranch), cuya única variable conocida es saber si se pueden superar las cantidades amontonadas, ya que se sabe de antemano que los lunes son judías blancas, los martes espaguetis y los miércoles, cocido.

A las esposas de uno (o los esposos de una) hay que acostumbrarles, aunque tarde. “Te estoy dando de comer. No es pienso compuesto, es un plato que lleva detrás más de 200 años de cultura y experimentación. No te digo que digas eso de “¡¡dios Mari pásame el pan que este pisto me lo unto hasta en la polla!!”. Es un pisto normalito. Pero se te exigirá que reconozcas que tienes variedad y que hay más trabajo en una tortilla francesa que en cien veces que aparques tu el Megane”.

Afortunadamente tenemos los niños por ahí. A estos sí los podemos educar. Los que conocen mi chiringuito reconocerán el slogan que cuelga de la pared: “Se come todo, se disfruta todo”.

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