Decía Vazquez Montalbán que un turista se siente frustrado cuando llega a su destino y no encuentra los tópicos que va buscando. Cuando leí que unos recios manchegos se apuntarían a recorrer la hostia de kilómetros por el campo conmigo, creí que se presentarían unos tipos duros, resecos, enjutos, diciendo ‘muchismo’ y ‘se conoce que’. En lugar de ello, se presentaron dos tipos cultísimos, uno con aspecto de lector en el MIT de Massachussets y otro con aspecto de sí mismo. Sería curioso preguntarles a ellos qué esperaban encontrar. La etiqueta Spanjaard es engañosa como la lista de precios del Port Aventura.

Any fucking way.

Ocho de la mañana de un día sin viento, decembrino. Madrid en pura esencia, como ese tiempo que ha mandado a mi compañera barranqueña de vacaciones a su Colombia, al calorsito. Cuatro payos, Manu, duro tanque de gran cilindrada, Luis (el académico), Quique, portavoz de corriendoporelcampo blospó, y servidora, azote de las masas.

Cuatro mochilas de ultra trail, tres sansunes Galaxy, otro aifón, tecnología a raudales para talento en cantidades industriales.

Por delante huertos pelados, pastos de altura, paredes de piedra, el Pico de la Miel al que ascendimos a cholón y descendimos con más miedo que vergüenza. Luis iba resoplando, cosa que achaqué al cambio de altitud, quizá, aunque era asunto de la junta de la culata. El otro mancharrián iba como un tanque. El comando sur de Madrid y sus bastones apisonando pastos y así discurrían las horas. Siempre de cara a San Petersburgo, cerro que teníamos que ascender por el desconocido lado NE.

Tomamos unas cañas, despedimos en Navalafuente a Luis, arreamos haciendo la digestión de unos trozos de alitas de pollo al ajillo, de la cerveza, de las patatas con salchichas, cosecha de Guadalix dos cincuenca y cinco de la tarde, y encaramos las fincas ganaderas del San Pedro. A las seis horas de tute y 35km en ristre, fin de los caminos. Apenas quedaba la opción de saltar a una finca y meternos entre piornos y roca toda la arista del cerro. Por hora y lo que nos quedaba por delante, recomendé como gallina clueca madre de polluelos -que soy- el trotar otros 7km hasta Guadalix, donde nos recogerían los chauffers de la organización.

Oye, pues se agradeció terminar con una hora de trote en bajada. Terminamos con siete horas brutas, incluyendo bares, para 42.6km. Se agradecieron unas cervezas más. Probablemente los turistas churriegos o culipardos o de donde sean venían buscando poco más que eso. Joderles el tópico de que en Madrí vivimos los más enrollados y más asfaltistas nodrizos era una mierda. ¿Y si los meto en un berenjenal de roca y riscos y se nos hace de noche?

No, hombre. Eso no se le hace a un invitado.

Salvo si organizas el GTP.

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