Good morning, infidels.

Ayer me convertía en el ser más deportista del orbe. Corrí dos horas por el campo. Navegué en un 470 de la línea 10 de metro. Me batí a florete con mis hijos por el último trozo de comida de la bandeja. Doma clásica con una esposa entrenando para su San Silvestre y dos enanos irredentos en bici de montaña. Buceé a pulmón libre en los tweets más interesantes tras el Estudiantes-Real Madric CF. Tiré a canasta más de 40 tiros consecutivos en los recreativos criminales del cine, anotando 21 balones. Jugué una esplendorosa partida de ajedrez con negras llegando el primero de toda la sala al mostrador de burger king, tirando de experiencia cuando uno de los chavalines (un alfil de negras que venía con un poco de fiebre) comenzó a tiritar, destemplado.

Bolos con seis botellas de syrah, garnachas y tempranillos diversas que hubo que bajar al contenedor. Nadé (contracorriente, ya sabéis de qué va esto) en conversaciones de mi familia política, piloté -no es un deporte, pero esto es un post para presumir- el bólido azul del parking del Dia hasta el barrio, combatí en el kumite matinal de levantar a mis hijos de la cama para lanzarlos a la arena diaria, salté los cuatro obstáculos y la ría en el 3.000 steeple de avanzar en mi primera novela, tuve un inicio de pájara con el balance glucémico en sangre justo después de comer y derrumbarme en el sofá.

Y me perdí varias veces en la prueba de orientación en que se ha convertido encontrar las balizas necesarias para poder hilar un post más en este blog.

Quiero mi beca ADO. O una calle.
(O una plaza).
(En vida).

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