El jodío cumple hoy sus primeros 70 años. Digo los primeros porque no lo veo yo muy de capa caída. El mayor de los Arribas en activo, en este 13 del 12 del 11 (fecha ideal, coño, para implosionar o convertirse en fluorescente o en superabuelo), sigue buscando huecos en su agenda para salir a correr.

Nacido en 1941 bajo una tremenda nevada y un frío de pelotas se encogió. Con esa postura sigue pero le evita llegar con el flequillo a las vigas del techo y respirar a las capas altas donde la lluvia ácida. Sin duda un ejemplo de diseño inteligente. Me metió a correr a empellones cuando yo tenía diez años y yo era un borrón en el brillante expediente genético de los castellanos de sierra y cabreros zamoranos. Blando y torpe y orondo, me llevó a que me curtiese en todo el calendario FAM. Aquella federación de atletismo que dejaba correr a los críos (que éramos legión) en descampados por Paracuellos, Suances o el bosque de la Casa de Campo. Era la España de los solares y los descampados. Y la FAM debe guardarlo registrado. Mi padre me hizo llegar el último en todos los crosses y carreras populares de 1980. Por delante iban Fabián Roncero y Luismi Martín Berlanas y Chuvieco y aquellos bestias del 69, 70 y del 71. No recuerdo a nadie por detrás ni en el circuito de Lago, ni en Alcorcón, ni -si me apuras- en Cantimpalos.

Así que mi viejo y yo -él ya con 68- corrimos juntos el maratón de Madrid. Ese en el que encadenó no menos de 8 llegadas a meta entre 3h27 y 3h37. Le jodió verse más lento y caminando muchos más kilómetros que cuando tenía 50. Pero con 69 dijo eso de ‘me gustaría terminarlo con setenta’.

Miedo me da, porque lleva ya unos meses que no se queja ni de la ciática. Bueno, sí, se queja de frío. Nació en la sierra, un mal día para pasar por allí.

Me cago en la leche. Que le inscriba a la media maratón de Villaverde. Dice.

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