Me acabo de quitar de la bollería industrial. Ha sido hoy a las 13.00. Al ver una paletilla de gorrino que acabo de abrir en el típico envoltorio navideño. Y me he dicho “Alea jacta est trans lipidum. Voy a escribir un post”.

Y en estas me ando. El mayor defensor de las Panteras Rosas de mi casa. El mayor tragón de donettes y de lacitos de hojaldre de mi familia. El hombre a cuyas arterias (que Thor no me castigue en el futuro con arterioesclerosis de tipo ameboide) no se quedaba pegado nada de todas las grasas hidrogenadas, ni de los pastelitos del café, ni de la baklava turca de mi colega Aktaraci. A este torpedo asesino de las venas, los menús del día, a este titán de los buffetes libres de media Europa, de los puestos callejeros de pan con salchichas de medio Praga, a este gigante de los recetarios de cheques restaurante quemados en hamburgueserías, azote de mojar pan con mahonesa, ya sea casera ya sea Hellman’s, ya sea pan tostado, minibiscottes, pan de miga gorda, barra, baguette o libreta. A este accionista mayor de tanta pastelería, deglutidor de esos triángulos de chocolate que hay que comer dislocando la mandíbula inferior, al que ha hecho posible que el panadero de Santa Teresa, en el pueblo, se haya construído su casa, tras dejarme la vida comiendo sus perrunillas, hornazos, nevaditos y panes de todo calado, a partir de ahora lo veréis luciendo otro luminiscente color. Menos mantecatado, más -probablemente- irisado y natural tonillo.

Abandono el poder presumir de comer sin parar cuanta masa pastelera, crema de relleno, pepito, palmera con las tetas bien gordas, caña rellena o donut negro, blanco, de azúcar, rayado, bagel con manzana o mermelada por dentro, olliebol o appelflap de puesto callejero. Sé que tendré que sustituirlo con otra ingente variedad de comida, pero ya no contendrá ese satánico etiquetado de ‘bolleríiiiiiaaaaa industriaaaaaallll’.

Ha tenido que caer justo antes del orgasmatron navideño que nos eyecta quintales métricos de turrón, alfajores, mazapanes y roscos de vino. Más difícil todavía.

Y la culpa la ha tenido una paleta curada. Un cuarto delantero arrancado a cuchillo a un pórcido que agonizó horas antes y que fue mandado a secar en una nave de esa España fría por las noches e imbécil por los días.

Permitidme decir, aunque sea una sola vez, eso de: puto jamón…

Ahora os toca aguantar mi síndrome de abstinencia.

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