Saltó la valla. Estaba loco. Su equipo de fútbol estaba congestionado contra una de esas máquinas de fabricar toque y verticalidad, que tiene el nombre de Ajax. Pero el fornido anormal sólamente veía un hueco entre las vallas del fondo. Allá que se tira. Es placado por un jugador. Se monta la pelotera del año en los campos holandeses. Entre tanto, en Kudelstaart, Aalsmeer, un autobús se detiene en una parada y se encuentra con un pasajero al que no le sale de las pelotas pagar. Si en sus manos hubiera estado, lo habría arrojado a la vía y hecho pasar las tres toneladas del autobús conexxion por encima. Pero esto no se puede decir en público. Asi que hace que sea detenido. El pobre alega que se había olvidado de tomar la medicación. Se abre un debate entre partidarios del atropello sumario y de la defensa de los demenciados. En Kanaalweg, en Leeuwarden, a un viandante le caen encima 100.000 voltios después de haber trepado a una torreta de alta tensión. Todavía no está claro qué sucedió, dice la prensa. Pero la claridad asusta. Está meridianamente previsible que su equipo de fútbol pretendía subirse a un autobús sin el billete correspondiente y el jugador lo tiró contra una torreta de 100.000 conductores.

Y, en este caldo de cultivo, trabajo y vivo yo. A distancia, pero lo vivo. Sin rumbo fijo. Solamente atado a la maldición de tener que estar rodeado de holandeses.

Fdo. Spanjaard, el holandés (a)berrante.

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