Llegamos a punto para el tren inmediatamente posterior a la gran tortilla de patata. Cuatro supervivientes a sus propias limitaciones físicas (dejémoslo en esto, el recorrido no era para tanto) y un bar. A las cinco de la tarde las temperaturas no habían superado los 5º, ni lo harían. De ahí que tocó dar pro concluida la aventura.

A la una y media del mediodía, Edu venía descosido por la carretera de las Dehesas de Cercedilla hacia abajo. En diez minutos salía un tren que le conectaría con la urbe. El día iba de trenes. Como trenes bajaban Ramón y Quique, dos manchegos diésel que consumían kilómetros sin asomo de duda ni flaqueo. Otro tren, Carlos, alto y exciclista con cierto parecido a Joaquín Reyes (y su mismo humor) callado ante su primera aventura de más de 30km, su primera aventura en la alta montaña, su primera aventura hacia la estación. Manu Díaz, al que la suerte ha agraciado con un motor irrompible y la Poletti con una plaza para el UTMB de las dos noches alrededor del Mont Blanc, también se bajaría en esta parada. Los demás haríamos un alto para un café. Cocacola. O cerveza, porque esto parecía una familia mal acostumbrada. Cada uno, un plato. Llevábamos 29km desde Segovia, atravesando las frías tierras altas de las cañadas de ganado, los viejos esquiladeros, hoy en ruina (enlace) donde vivieron decenas de personas y discurrieron miles de historias, comederos de buitres, pinares de Valsaín y calzadas romanas que cruzaban las sierras por ese gran collado llamado de la Fuenfría.

Fría pero de cojones de fría. Por ella habían transcurrido, unos minutos más tarde que nosotros, los otros dos componentes de la expedición inverniiiiiza. Miguel y Rita, cuyos ritmos habían ido más despacio pero a quienes dejamos en terreno conocido tras una grata compañía. Trotar y caminar, siempre hacia arriba. Los GPS iban echando vaho, cantábamos las bellezas del paisaje nevado, las altitudes, los loores al señor (organizador). Rita y Miguel, o al revés, creo que así lo he mencionado antes, pararían con éxito tras los casi 30km del primer segmento y harían parada y fonda en un asador, que es donde mejor se recuperan las fuerzas del campo. Dicen que terminaron abrazados a unos chuletones o a unas sopas de ajo. Que sean ellos quien lo cuenten.

Era hora del segundo arreón. La bajada de lo bucólico a lo urbanizado. Madrid y sus pueblos de la sierra. Desde Cercedilla opté por una escapada conocida. Las temperaturas de -5º largos arriba en la Fuenfría daban una tregua, somera, aun cuando el viento del norte, levantisco, se aliaba con unas nubes para fastidiarnos la sobremesa. Sobre las dos y media de la tarde habíamos remontado hacia Navacerrada pueblo y Becerril, un mucho de arcén y un poco de callejeo. Ramón empezaba su fase particular de músculos fatigados – no sé a santo de qué, llevábamos un maratón – y los demás apurábamos el jamón isotónico mientras hacíamos turno para nuestro sufrimiento.

El Telégrafo, muy de refilón. Moralzarzal y la Dehesa de Villalba nos acogieron ya agotados, con dolorcillos aquí y costurones allá. Costurón el que se trajo la tela de mis Kayano, que no pudo más y, contra una rama, dejó parte (la última parte) de su dignidad de ciento sesenta euros. Pocas veces tanto dinero ha tenido un tan barato final.

Finalmente, entre 50 y 51km. Para ello, empleamos más de siete horas y cuarto. Pero lo pasamos de fábula.
En breve enlazaremos fotos.
Aquí el enlace de la ruta.

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