Atravesamos cientos de kilómetros a pie sin ser perseguidos por el fuego o el enemigo.

Llegamos corriendo a un pueblo, del que salimos disparados en busca de otro, sin preocuparnos si seremos bienvenidos o expulsados por miserables o por extraños.

Calentamos el cuerpo después de atravesar temperaturas bajo cero con una ducha de agua caliente.

Nuestros cristales se abrirán para dejar correr el vaho, nunca rotos por balas trazadoras.

Bebemos apenas dos litros de agua para recorrer setenta kilómetros de montaña por voluntad propia, minimalista, devotos de la autosuficiencia.

Y, con suerte, atravesamos únicamente por un dolor voluntario.

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