Y, de pronto se hizo el silencio en el blog.

¿A santo de qué? Se prometía pitorreo digital, grandes seriales previos a la prueba y que el zumo de spanjarina chorrease entre los dedos de los que os metéis a teclear esos tan acerados comentarios. Pues, que no encuentro por dónde meterle el diente al asunto. Las tripas de la prueba. Eso es fácil cuando hay pistas o acudimos en comando o en tropel (incluso, en ocasiones, hemos acudido en horda borrega, con elementos subversivos tales como un argentino o un auditor). A la Transgrancanaria voy solo.

Mejor dicho, a la The North Face Transgrancanaria, quizá la más consolidada de las travesías de ultrafondo de las Islas Canarias, en la que TNF tiene puesto un buen pie, voy solo. No podré llevarme esta camiseta, claro. Es que es el gigante yankee del trail, de la montaña.
El gigante parodiado, el monstruo chungo que se sube al Empire State de las carreras de montaña y agarra a la chica con su gigantesca mano -quizá, la Poletti-, y que finalmente es la envidia de los demás organizadores. Anteayer me comentaba el director técnico de una prueba ultra que ‘joder, no somos la TGC’ con una tristeza no exenta de alivio.
Eso es. Un alivio.
Porque, contar con ese respaldo te obliga a hacer las cosas muy bien. Muchísimo. Un trato exquisito a los que participan, especialmente exquisito con los primeros espadas que irán a dar lustre al curriculum y notoriedad mediática a la carrera, más que exquisito con los que debutan en esas pruebas, cegados por el brillo que atrae como bombilla que abraza a la mariposa. Y encima tienen que soportar y mimar a los chicos de la prensa, que tendrán que glosar aventuras personales, las beldades de la isla o las extenuantes horas de trabajo de los chicos de TransCapacidad.

Uno ha organizado carreras con más o menos empeño, medios, suerte. Y sabe la importancia de que todo participante sienta esta secuencia emocional: ansiedad por que llegue el día de la carrera, angustia en mitad de un pavoroso momento de debilidad en que uno se ve vencido por la prueba, y euforia al comprobar, a escasos kilómetros de meta, que el reto era más asequible, o que la preparación era suficiente o el mito una mera barrera mental.
Ahora me pongo en la piel de los organizadores de la TNFTGC, desayunando hora canaria ante un listado de tareas para controlar y contentar a 1800 participantes y cientos de voluntarios y se me quitan las ganas de meterme en otro embolado.

El viernes, el vuelo. Hacia la playa del Inglés. Y 4100 metros de desnivel positivo. Súbelos y bájalos.

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