“Allá arriba. Por allá tenemos que ascender. Esta noche no tiene final, aparentemente. Me duelen los ojos, me pican como si los millones de motas que cruzan el haz luminoso de mi luz frontal rebotaran en mi retina. El sudor está contaminando la nitidez de lo que veo. No sé si esa silueta que recorta la montaña ahí delante es más nítida o menos, yo creo que sí, que empieza a amanecer. En casa, a esta hora, ya ha amanecido. Me duele como si estuviesen apretándome en la frente con una moneda pero, en este momento, no puedo ni mover el foco sobre mi cabeza. Ahí, dos o tres diagonales más de este zigzag y ya coronaremos. Desde arriba las vistas serán maravillosas. Cualquier cosa menos las motas de polvo avanzando hacia mis córneas. Y en casa, ya habrán despertado los niños y probablemente no estén ni siquiera rastreando el track de mi dorsal. Allá arriba es. Sí, la claridad es mayor ahora. Qué dolor en la frente”.

Arriba del todo confluían dos pistas. Una era, esencialmente, una de las grandes pistas que habíamos ido atravesando durante la noche de los iluminados en blanco y en rojo. La otra era una canallada, una senda mínima, probablemente un sendero con una historia detrás pero era un discurrir histórico que alguien había olvidado. Teníamos que desbrozar, de nuevo, una a una, las leguas de desplazamiento prehispánico, de uña de caballo. A la luz de una luna tímida y con el cansancio natural, teníamos la obligación de ascender por esa senda tortuosa con nuestro calzado técnico y nuestros especializadísimos equipos y con su puta madre. El collado del amanecer tenía un nombre y seiscientos apellidos. En aquel punto los duros corredores todavía manteníamos el tipo y las deserciones no habían aparecido. Quizá sí la idea de empezar a rendirse al dolor o al cansancio. Pero aún estábamos todos.

Abajo estaba Tunte. Tunte y Teror son las dos palabras que definirían mi TransGrancanaria. Tunte no salía en los mapas. Unas semanas antes rastreé la zona y tuve que imaginar que sería San Bartolomé de Tirajana. Teror se parecía peligrosamente a la palabra ‘terror’. La primera sería el previo a la escalada final a Las Nieves. La segunda era el regalo merecido a toda la aventura y la antesala de un previsible éxito. Tunte nos hacía bajar hasta la caldera de Tirajana y nos recibía con calles excavadas a pico sobre una ladera de basaltos, nos iba tragando lentamente como si ese antiguo volcán necesitara de alimentarse un millón de años más. Después de masticar nuestras piernas, nos dejó escapar, nos escupió de un modo más cariñoso que eruptivo porque en los cráteres y en las voces de los canarios se encuentran siempre un cariño y una tranquilidad. Como un haber sido siempre de la familia. Quizá sea ese el secreto de las pruebas ultra trail de las islas. Uno se siente mimado por los grupos organizadores y por la polvareda.

Hubo para mí, sin embargo, dos nombres propios más, que definieron el gigantesco menú canario: Tenoya, una especie de pueblo zamorano enclavado a la boca de un dragón de piedra y palmeras, justo en la salida de un túnel horrendo, un barranco por el que ni el agua ha logrado un trabajo digno. El otro corresponde a Ligia, una canaria menuda y con ojos parapetados por la pelea contra el sol, que hacía que nuestra estancia fuera constantemente fluida.

Con el sol del día, los pensamientos son ya conocidos. Pedimos al calor que nos de una tregua. Calculamos el dolor y nos acomodamos a él. La noche nos convierte en débiles recién nacidos y no caminamos sino que damos pasos inseguros. No corremos, colocamos un pie delante del otro cayendo cautivos de una iluminación irreal.
El éxito de haber superado una noche más. Es el paso de la oscuridad antinatural a un medio en el que sólo tenemos que hacer lo que venimos haciendo desde hace miles de años. Movernos.

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