Antonio Gómez“, tableteaban las máquinas de escribir de los periodistas enviados a Herenveen (Países Bajos) a cubrir los campeonatos mundiales de patinaje de velocidad. Enfrente, el sueco Ekstrand. Quizá los periodistas ni siquiera tabletearan. Probablemente se reclinaran hacia el respaldo de su asiento, embozados en ropa de abrigo, y disfrutaran de un rato de esos que deparan las competiciones internacionales. La aparición de un participante sin el nivel requerido. Un momento cómico, en el que se desnudan las diferencias entre los profesionales y los aficionados. El abismo deportivo, si se quiere ver así. Eran años en que también había Moussampas que tardaban simpáticos y eternos segundos en cruzar piscinas, dar vueltas a las pistas, y que levantaban una simpatía cariñosa. Las gradas hierven y la simpatía del público holandés camina por el alambre de la educación, sacando risotadas entre los menos delicados espectadores.

Se da la salida y el público, que ha aprendido a patinar en el primer invierno de su vida, ve como el sueco toma una ventaja brutal. En cien metros está lanzado mientras que detrás queda rezagado el heterodoxo patinador. Tiene los muslos evidentemente más cortos que nadie en el estadio Thialf. Es la prueba de velocidad, son 500 metros y el español coge velocidad como si tuviera que pegarse con el hielo, con un enemigo no acostumbrado. Pero la algarabía se ha instalado en la grada desde la ronda previa y tiene el propósito de quedarse. Mediada la curva del ‘trescientos’ el patinador sueco, por la calle interior, cae y se calza una galleta impresionante contra el acolchado de la valla. ¿Es el momento del español? ¿Viene suficientemente lejos como para no poder dar la sorpresa? La justicia divina de la superación humana viene patinando a aproximadamente 40kmh. La arrogancia mira hacia atrás temerosa de que su trono y condición queden borradas de un plumazo por el concepto de ‘gezelligheid’, la ‘simpática coloquialidad’, muchos desean que Gómez Fernández remonte.

Pero el patinador Gómez no llega. Hay demasiada diferencia, aún sin ser el sueco un Eric Heiden que destrozaba los récords por lotes. Ni un sólido Jan Egil Storholt, el hombre de la plata en el ‘allround’. Era un sueco que patinaba a gran velocidad pero que cometía errores. La velocidad le permitía cometerlos porque, delante, tenía … mejor dicho, detrás, tenía un barranco de profesionalidad. Era un deporte de invierno y un país desarrollado contra un patinador de verano y un país, bueno, era la España de López-Rodó, de Licinio de la Fuente, de Fraga. España no estaba para deportes minoritarios ni para ponerse farruca en nada. Los segundos discurrían y el patinador español no asomaba en pantalla. Los 500m son la prueba sprint y el sueco un especialista. En una prueba de apenas 35 segundos, tardar 50 es como si soltasen a un alero alto de un equipo EBA en mitad de la zona de los Oklahoma Thunder. El sueco se levanta y retoma la marcha para, todavía, tener margen para ganar al simpático elemento discordante. España, simplemente, no llegaba.

Era 1977. Los mayores logros del deporte español estaban todavía por asomar. Los mayores logros del periodismo deportivo que vive de inflar y dar de abrevar al deporte español se reducían a la épica sobre barro de López Ufarte y Kortabarría, Stielike y Juanito, Bizcocho y Biosca o Asensi y Migueli. Deportistas de una década que se resiste a desaparecer. Por otro lado estaban los desconocidos atletas como Marín, Domingo Ramón o Llopart que velaban armas en previsión de unos Juegos Olímpicos en Moscú, baratísimos, con un boicot de 2/3 partes del medallero. Que los chicos del baloncesto eran potenciales semifinalistas o que España daría poco de sí contra Bélgica en la Copa de Europa de Fútbol. No caíamos ni en cuartos.

Ni Angel Arroyo había debutado en un tour en el que reinaban Thevent, Kuiper o Hinault. Ciclábamos a trillones de años de distancia del inicio de la época moderna del ciclismo, cuando monsieur Bernard Hinault se fundia al personal en el Tour de Romandía, el Giro tras dejar a todo dios tiritando en el Stelvio y el campeonato del Mundo. Ni podíamos bregar contra Joopje Zoetemelk, o contra Agostinho, al que la mala suerte le tuvo que enviar un perro frente a su rueda. Nuestras herramientas de trabajo eran Melero, Miguel Maria Lasa o Joxe Nazábal, que ganó entre Gasteiz y Oloron.

Los franceses todavía no nos tenían envidia. Es de suponer que para ellos, no existíamos salvo para la vendimia, para su cine en Perpignan y ocasiones puntuales en las que jóvenes cachorros planeaban un futuro socialista sin socialismo. Rafael Nadal no había nacido y, the Spiting Images, los guiñoles que de verdad gobernarían el mundo (no esa ridícula versión de Canal +) tendrían que esperar hasta su creación en 1984. En 1977 el monigote más parecido a un guiñol que había era Eric Honecker, y presidía la RDA. Y sobre Honecker nadie hacía chistes en público.

En Herenveen los dos patinadores llegan a meta. Parece un falso sprint cerrado. Delirio en la grada. Corre la cerveza por el triunfo del deporte cañí. 50.18 para el sueco frente a 50.41 para Antonio Gómez (demos paso aquí a un poco de wiki), que entrenaba en la década de los setenta en una pista de hielo artificial en Barcelona. Antonio era un empleado de la Telefónica de origen sevillano que había hecho de todo. Corrió maratón, practicó esquí de fondo y decidió que la Meca del patinaje era su Dorado. Allá que se fue. Holanda lo acogió como un personaje ideal para la televisión. “Speedy Gómez” había debutado en los Europeos con una ronda inaugural de 53 segundos, embutido – no es un eufemismo – en un maillot amarillo que hizo vibrar a los espectadores en su ‘yo conta el reloj’ (ver segunda parte del vídeo inferior). Con posterioridad siguió participando en eventos internacionales en lo que era su pasión. ¿Había alguien detrás, alguna federación, beca o miserable titular de prensa? Lo dudamos. Gómez Fernández, insuperable duo de apellidos destinados para la gloria deportiva, bajó sus marcas a base de echarle huevos y entrenar. No mucho. El físico de Antonio peleaba frente a fémures veinte centímetros más largos que los suyos. Frente a siglos de tradición, de especialización técnica, hielo natural, hielo arificial, técnica de pierna sobre la rodilla que Gómez nunca pudo desarrollar, siendo de la escuela más popular del ‘potje over’, del tirar la pata hacia fuera en la curva. Y los segundos y las décimas que se le seguían escapando.

Antonio mantuvo los récords de España de patinaje sobre hielo en diferentes distancias hasta 2003. Su hija Beatriu marcó 43.90 como mejor marca en la Copa del Mundo de Salt Lake City en 2005. Prácticamente seis segundos más rápida que el padre. Pero de patinaje de velocidad se habla poco. No podemos darle con ello en los morros a los franceses.

El vídeo. Podéis mostrárselo a los envalentonados patriotas.

Anuncios