Es una mañana horrenda, neblinosa, es Enero y en la línea de salida del 400 se apiñan media docena de chacales. Están los primeros espadas, con guantes y algunos gorros. Está uno de los hermanos Esteso, hay una gacela de Nerja, tira de toda la serie el tipo más duro de los corredores blancos que hacen 3.000 metros obstáculos, Luismi Martín Berlanas y que, en Atenas, será quinto. Han arrancado una repetición más de una vuelta a la pista. Tendrán por delante seis o siete series, aún. Son intervalos en los que se dispara el consumo de oxígeno en la sangre. Te hacen más fuerte, acercándote a una muerte parcial. La muerte -parcial- del mediofondo es como asomarse a los límites, sabiendo que uno va a regresar. Duden ustedes si los mediofondistas están de acuerdo con esta afirmación, aunque pocos negarán haber alcanzado el dolor total.

En una segunda fila hay un chaval con los pómulos sobresalientes. En 2004, Pablo Villalobos (Almendralejo, 1978) aún está modelando su cuerpo para saltar de 13.46 a 13.34 en 5.000 metros. Todavía no lo sabe, lo logrará en Donostia, así que cumple con el ritual y la serie termina. Todo el grupo se apoya en las rodillas con la sangre a punto de salir por la boca. Bocanadas de aire caliente de los bronquios de esos galgos ahuman el invierno y atraviesan el cielo como cohetes. En el INEF hace frío, mucho frío y unos pocos espías tenemos que echar mano de los bolsillos del abrigo. Pasan escasamente unos segundos y el grupo se amontona como los depredadores al olor de un deber ancestral, de una nueva cacería. Pegados otra vez al borde metálico de la cuerda de la pista. Una nueva vuelta, miradas al reloj, dolor de músculos.

Estaban terminando los vigentes años del atletismo en vivo. Los niños que querían ver a estos guerreros del músculo podían apostarse en la valla que rodea la pista, en las retransmisiones de la televisión o en los sprints sobre barro y arcilla que recorren el prestigioso circuito de cross español. Los niños españoles siempre han tenido una parte fragmentaria del atletismo cerca, con Haro, Cerrada, Esparcia o Prieto circulando por sus parques y caminos, hasta que la multiplicación de opciones y una existencia sedentaria los han alejado de estos tipos que son como galgos. Por cada cross de domingo en una provincia hay veinte ligas de deportes de equipo, hay entretenimientos en casa. Los galgos también están desapareciendo de las fiestas de los pueblos, de los caminos. Ajenos al tiempo, los atletas siguen con una rutina torturadora y terminan un minuto más con todas las pulsaciones desatadas. De nuevo, manos a las rodillas. Escupen. Resoplan.

Un par de años antes, en un rincón de Amsterdam, Pablo colgaba su chaqueta de chándal de una silla de madera y mimbres y ayudaba a su chica a sentarse. Se deja aconsejar ante una carta, como siempre, confiesa que viene con hambre. Es un corredor con miras de científico (asegura él), que comienza a formarse sin prisas, frente al crío delgado que corría sin parar desde la puerta de casa a todos los lados. Comida etíope para tres, que él desmenuza con las manos mientras relata las series del mil quinientos de Reyes Estévez, de Baala o el cinco mil de Alberto García, el diez de Chema… Estamos en el verano de 2002 y Villalobos viene de viaje con su inseparable Amaya. Han estado por Baviera disfrutando del atletismo internacional al que él no llega, por los pelos. Es internacional en Campeonatos Iberoamericanos y Universitarios en 3.000 y 5.000. Es él, todavía, un corredor de 5.000 que desconoce el largo aliento. Tranquilidad o inocencia, su escuela (la del mil quinientos mítico español, los González, Vera, Abascal, Cañellas) le impide tener miedo al largo aliento, empresas mayores. Goteborg queda aún lejos. Terminamos de comer y nos cambiamos. Amaya, él y el resto. Justo después de asistir a esos campeonatos de Europa de Munich, el chico flaco lleva las conversaciones sobre sendas de los parques de Amsterdam.
Es sábado y hay decenas de personas haciendo deporte. Yo le miro pero los demás corredores del parque se giran para ver cómo Pablo va dejando escapar huesos y músculo por las aberturas de una camiseta de tirante y un pantalón de la selección italiana.

El paso al maratón

Con el tiempo estaría, le tocaría, quizá, estar mucho más delgado. Los niños que antes leían y oían sobre las hazañas de los galgos, ahora entran en twitter y facebook, todo es tocable, inmediato. El atletismo, no. Después de ocho duros años donde el cuerpo adquiere la internacionalidad, los cincomiles dan paso a los diezmiles, las cargas de trabajo se doblan, Pablo Villalobos, un corredor atípico, estudia y comienza a trabajar para otros deportistas. Es habitual verle con sus gafillas asomándose al vacío de su delgado cuerpo, siempre tostado, muchas veces en exceso. En la fina línea entre la competición y la enfermedad. Muchos dudan si el maratón es una enfermedad. Esto no es asomarse a la agonía en una vuelta de 58 segundos sino ir y quedarse un rato embobado viendo el panorama de la ruptura total. Villalobos sabe algo de esto, aunque su correr siempre tienda a ser científico, programado.

Ha comenzando a probar con la ruta con la aprobación de Antonio Serrano, un tipo que subió silencioso tras los pasos de la gloriosa década del maratón español y que corrió por Europa en espeluznantes 1h01 en medio maratón y 2h09 en Berlín (1994). Jugando a probar, aquel extremeño que en 2004 colocaba las rodillas y los codos en mitad del grupo de aquellas series es ahora una entrada habitual en las imágenes de internet. Los niños de la calle pueden encontrar a su ídolo con la camiseta de España y con la bandera de su tierra entrando entre los cinco mejores de un Campeonato de Europa. Los niños de Almendralejo pueden presumir de encontrarlo en youtube desplomándose por su selección, después de una llegada al límite en un maratón del campeonato del Mundo. ‘Marathon is insanity‘, dicen (but it’s a good kind of insanity). El maratón le ha dado y le ha quitado. La balanza cruel de la fama internacional contra un desarreglo tiroidal. Repone gasolina después de dos veranos con una intensidad tremenda en los que es 5º en el maratón del Campeonato de Europa de Barcelona (2010), firma dos veces sub 2h12 en Sevilla, y 30º en el Mundial de Daegu.

Diez años después de colocar la chaqueta sobre la silla, miles de kilómetros más al sur, vuelve a colocarla en el respaldo. De nuevo ayuda a su pareja a sentarse mientras los niños que ya lo conocen por relatos y por las imágenes de youtube miran silenciosos a ese Pablo. Villalobos vive de manera inherente la niñez. La suya, sujetando las ligeras gafas sobre un hueso finísimo, la del regreso a los días de descartar los botellones en favor de los entrenamientos. La niñez que le rodea a diario por la profesión de su Amaya adorada. La niñez de su hija Ariadna, recién nacida. La niñez de disfrutar por caminos y sendas dando rienda a su zancada sin reloj.

Reitera que viene con hambre, parece increíble que tan poca carrocería puedan comer tanto contenido; al día siguiente le toca un rodaje de 24 kilómetros. Ataca a las carrilleras al horno mojando pan sin final. Y al postre, y a los entrantes. Está en pleno proceso de preparación de su maratón de primavera, Hamburgo. A las pocas semanas todo el trabajo empieza a dar los frutos ascendentes requeridos (marathon is insanity .. but it pays off, definitely!), es primer español en el durísimo medio maratón de Madrid. El margen con los kenianos vencedores ronda los dos minutos. Es un parámetro que le gusta. En unos semanas tomará parte en el maratón donde hay ya 13 inscritos con marcas sub 2h10. Hamburgo es territorio Julio Rey (vencedor en 2001, 2003, 2005 y 2006 y 4 veces en 2h07 o menos). Esa es otra guerra, piensa él mientras concilia el sueño, cuelga sus últimas impresiones en la Red, observa la cuna donde la pequeña Ariadna duerme o quizá sueñe con su padre, el de las gafas, sin saberlo. Lejos de los flashes de los vencedores, Pablo intentará cumplir con los criterios de selección y hacer un buen papel, que le lleve a sus primeros Juegos Olímpicos, los de Londres.

Y, para un chiquillo con gafas, la expresión ‘Juegos Olímpicos’ ya son palabras mayores. Todos los niños entienden qué significa eso.

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