Era de dominio público que el hijo hacía cosas raras. Pero ayer charlábamos con el padre, en plena semana de descarga de kilómetros previa a un maratón.

Porque el padre, aunque tenga setenta años, sigue los rituales grabados a buril en sus piernas desde los finales de los años setenta. Se empeñó en salir en el próximo Rock’nRoll Maratón de Madrid. El, que es más de la tuna y de los clásicos italianos como Renato Carosone, Nina Simone, que novieaba en Piscinas y Deportes o en los bailes del entorno barcelonés de 1968.

Pues ya tiene dorsal. Es un placer anunciar que mi septuagenario padre asomará el Jueves por la feria del corredor a por su dorsal. Creo que será su decimocuarto mapoma, o algo así. Lo mismo son más. Se tomó un respiro el año pasado tras haber sufrido más de la cuenta en 2009. Normal. Salía con la cabeza en aquellos esquemas de tiempo de toda la vida, de hacer tres horas y media, y con tres horas y media estábamos todavía olisqueando la parte baja del Manzanares.

Este año, dice, ha aprovechado para salir a hacer kilómetros por el Valle de Amblés. Mil cien metros de altitud, frío y nieve el viernes santo. ¿Qué hacer cuando tus compañeros de generación están al brasero o medicándose al caliente de la casa?

Mi padre dejó una botella de agua en la puerta de casa.

Y salió a correr. Nevaba. No mucho (dice él).
Media hora hacia el río, media hora de regreso. Como seguía nevando, siete en su esquema de prudencia, escala serrana, era parar a beber en casa. Las escalas de prudencia y todas las escalas métricas tienen un problema y es la subjetividad del escalerista o medidor. Digamos que un siete para mi padre es, en términos de hacer cosas raras, un cuatro en la mía.

Pero todos conocéis que mis parámetros de normalidad son igualmente anormales. Con lo que arrancó de nuevo al río, discurrida la primera hora de entrenamiento. Seguía cayendo algo de nieve – tomemos con pinzas esta verdad relativa en la climatología de la sierra de Avila. Y volvió hasta el Puente Cobos a ver cómo el Adaja sigue pasando por debajo de un puente que lleva ahí dos mil años. Y dió la vuelta. Carretera arriba, un suave pero picante desnivel hasta completar las dos horas.

En estos momentos, un viernes santo con uno o dos grados sobre cero es la muerte cerebral de un pueblo de sierra. Suponemos que a mi padre no lo vió ni cristo con abrigo de lana. Salvo mi madre. Como ella sabe de nuestras andanzas (cómo si no, si nos ha parido ella) no se debió sorprender de verle entrar en casa calado y con las cejas necadas.

Entraba a hacer un pis.

Otro trago de agua y salió de nuevo bajo la nieve a completar la tercera hora.

Todo esto es para dejar a las claras que, cuando estéis animando en las aceras de Madrid el próximo día 22, si esperáis un poco más a la gente que va a tardar aproximadamente cinco horas, veréis a un viejo enjuto. No le tengáis compasión. Es peligroso.

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