El comienzo de la segunda semana de dolores aportaba a la sintomatología sensaciones contrapuestas. Por un lado el sóleo sigue manifestando el desgarro y el aquiles presenta síntomas de tendinitis. Y por eso abrimos una de D’Orio de Navalcarnero. Cabernet Sauvignon. La posología difusa – bajarnos la botella entre tres con unos picoteos de brie + mermelada – se manifestó insuficiente aunque, total, tirados como mastines en el sofá, los contertulios (tres) íbamos sintiendo correr el líquido por los capilares.

Me levanté a cortar un poco de longaniza de Muñana (Avila) y noté cierta tirantez. Hum, pensé, debería aumentar la dosis y abrir otra porque nos vamos a quedar en sequedad total. Así las cosas, exprimimos el segundo ejemplar de garnacha de cepas viejas de la bodega de Andrés Díaz, una pequeña bodega de la DO de Madrid. La mejora fue inmediata, aunque únicamente a nivel de fibras musculares. A los paladares de los contertulios la cabernet era menos plana y más rica. No hicimos desprecio, de todos modos, y nos ventilamos la segunda botella.

La cosa se alargaba para ser un martes laborable – todavía lo es – y tocaba despedir a los comensales del picoteo de media tarde. Uno de ellos se deja la cartera y el tomtom y desciendo los cuatro pisos para acercárselo todo. Al subir las escaleras, síntomas tendentes a cero. El efecto analgésico de ambos principios vitícolas han ejercido un masaje tal que ahora podría correr los 120km de la prueba del Soplao.

El soplao. Eso es. Ahí está la clave. Jeje.

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