Sin duda ocurrirá en más pruebas. Pero en Madrid es un clásico. Aparecen en meta 200 corredores más que por el km 30. Es el retorno de los muertos vivientes. Todo esto Jill y su lento trotar o Sandy, vestida con el color violeta del programa de Training, lo desconocían. Ellas sencillamante sonreían y aplaudían de vuelta, mientras discurrían por el sexto kilómetro de la prueba europea a la que habían viajado.

¿Se había despoblado Europa? ¿Hay un agujero negro que traga materia en esta ciudad? ¿Es quizá la razón de que estemos corriendo por estas vacías calles? ¿Prestarán atención a esa desviación estadística del timing? Ni es una ciudad de antimateria ni es un caso de regreso zombie. No. Son las almas en pena que han decidido no recorrer todo el solitario, desangelado y triste repaso a la ciudad que vivía la resaca del entretenimiento del fútbol. El día de antes había habido derby entre las dos potencias económicas de la liga de fútbol. El de después los madrileños teníamos programada resaca por la contracción de la productividad del país. Por lo tanto no diga nadie que la ciudad estaba preparada para los ‘cortes en el centro, a las 9am carrera popular’.

Estos luminosos con mensajes de tanatorio eran los máximos exponentes de promoción de la M30. Discurrir por la ciudad de los Austrias los días de antes del evento era la nada informativa. Hacerlo por la red, únicamente si perteneces a ese segmento que se agolpa en las redes sociales o revistas especializadas. Los medios de información no dedicaban más espacio a ello que a una carrera de galgos. El mismo domingo, a las 8.30 se podía salir perfectamente a cualquier punto de la prueba. De la Rock’n Roll Maratón de Madrid. A las 09.01 aún se podía dejar el coche en cualquiera de las desiertas calles de los distritos del norte. A las 09.24 pasaban media docena de maravillosos galgos africanos por la ventosa Pza Castilla y eran desviados sin misericordia por los treinta metros de ancho de Mateo Inurria, y todos detrás, concentrados. Dos filas de espectadores en algún punto clave pero, para que llegue ese punto clave, primero han de transitar por Bernardino Sahagún y sus novísimos granulados asfálticos antiterroristas y antideslizantes, por Duque de Pastrana, donde siete seres humanos tratan de cruzar al pabellón del colegio nuestra Sra del Recuerdo o por la salida 2 de la M.30, semiesquina Marqués de Formosa. Que ni presenta vida inteligente a media tarde ni un domingo a las 10 de la mañana.

Dice un amigo mío, con toda la razón, que los madrileños tenemos un puntito de gilipuás. Los maratonianos – apunto yo- tenemos medio punto de bobada añadida. La media estadística, la combinación química de unir ambos espectros es un maratón que en 1996 mantenía a duras penas 4.000 inscritos. Ni entontes ni ahora, cuando han logrado insertar 9000 corredores y 600 espectros en meta, la ciudad quiso la carrera. Madrid no quiere a sus eventos deportivos en la calle. Otro amigo está disgustado porque el sí ha contribuído históricamente con la carrera. Corriéndola, promocionándola (qué valor) y hasta montando puestos de animación. Y contrasta que (1) los primeros 500 corredores pasan volando y ni miran la animación. Esto es normal, pienso. Esa gente va concentrada en su ritmo, sus pulsos y sensaciones. Después (2) el grueso de la prueba apenas mira o escucha y sólo unos pocos responden con un aplauso o paran a chocar la mano salvo conocidos o animosos yankees, de los que la nueva organización (Rock’n Roll Series) ha importando unos buenos cientos. Un 95%, en el furgón de cola de la prueba.

El paso por Joaquín Costa o las Filipinas, entrada la mañana, fresca, sacada del manual ideal de las condiciones del corredor, no es mejor. Aceras, se ven demasiadas, todas las aceras. Si no fuese un ocho que transcurre dos veces por el centro de la ciudad y por la red de metro, dudo que hubiese cinco mil personas que asomaran a ver la prueba. Hagan números; a todo un Real Madrid de baloncesto, el segundo deporte de equipo en popularidad, apenas van 6300 espectadores de media. ¿A un maratón?

Añado yo que el maratón de Madrid, al menos el de este Madrid, es tan mortuorio como tantas cosas en la ciudad. Sus noches de museos, sus procesiones, las plazuelas soladas con lápida de granito ‘à la Alvarez del Manzano’, su horrendo y gris marasmo de tráfico rodado, hasta sus manifestaciones … ¿Qué podemos o deberíamos esperar de la sangre que da fuerza a sus arterias? Venimos desde tierras como Segovia, Avila, Guadalajara, Peru o el Magreb. Nuestra sangre es sangre de labriegos adustos, de cabreros, de aburridos, de sufridos y de musulmanes unos y resignados católicos otros, todos esclavos y todos sosos y excelentes animadores de entierros. Los tópicos de que los pueblos del sur somos bullangueros y participativos es una de las peores propagandas que hicieron los viajeros del siglo XIX. Los pueblos del norte son fríos, secos y aburridos, por eso ayer corrían en Londres 45.000 personas y asistía un millón de personas como público, la ciudad paralizada. Berlin, otro millón, largo. En Madrid, imprecaciones.

Recuerden. Nunca más un maratón dominguero. Si quieren fiesta, trasladen el maratón a las 21h de un día de verano, un sábado. Eviten según qué zonas, por mucho que se enroquen los mazingers de la concejalía de seguridad o de movilidad o como se llamen ahora. Not in a Sunday morning. El madrileño de bien está en otros asuntos. El madrileño de mal es más de celebrar hoy, Sant Jordi, el día del Marca. El turista atrapado en la Puerta del Sol o Callao, bueno, no tiene otra que aplaudir a los corredores. El empadronado en la almendra centro-sur estará haciendo familia en Madrid Río o atascado en los túneles de la M.30.

Cortes en el centro, a las 9 carrera popular.

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