El añoso viajero se va restregando los lagrimales, poco acostumbrado como está a ir de noche en tren. La luz artificial, la oscuridad del túnel interrumpida por flashes de despertar urbano, su miopía y las retinas castigadas por sus setenta añor van haciendo trizas su despertar. En el asiento de al lado lleva una bolsa de tela con ropa seca. Diez horas después regresará con la mochila sobre sus piernas cansadas, a pleno sol de Abril. De momento son las seis de la mañana. Le han dicho que deberá caminar un largo trecho hasta el ropero. Todo se le va haciendo más largo ahora.

El viejo sale de la estación de Atocha igual que antaño salía de un comatoso Renault color granate, pintado tres veces a rodillo. Le daña el contraste con la luz natural del amanecer. Setenta años funcionando y treinta dedicándoselos a los libros, las letras, los críos. Hoy tampoco va a llover. En los primeros años ochenta llovió un día. Otro día, en los domingos centrales de los noventa, también llovió. En aquellos tiempos daba igual si era Tierno o Sahagún quien daba el pistoletazo El viejo acomodaba su figura bajita a los ritmos de un mecanismo autómata. Si no eran 3h28 eran 3h35. Hoy cuenta mucho quién rige los destinos del maratón de Madrid. El implacable fiscal del reloj, Cronos, que conduce la rotación de los cielos, ha determinado que el viejo tendrá que pelear mucho más que en aquellos días.

Antes se subía un poco más hacia las Ventas, se escalaban kilómetros de charla por Manuel Becerra, recuerda para sus adentros mientras galopa inmerso en el pelotón por la Castellana arriba, la de los desfiles y los ciclistas y, ahora, de los diez mil corredores. Madre mía, die mil. Aún recuerda los años en que apenas tres mil espartanos pedían permiso a la ciudad para mostrar las camisetas de tirantes. Anda que… las camisetas de ahora y sus colores y las mangas cortas, hasta mangas largas voy viendo, refunfuña. El tiempo pasa más deprisa y las piernas no otorgan tanta fiabilidad, quieren dar su opinión igual que lo vienen haciendo durante todo el año y medio anterior. El chico estará arriba en el kilómetro seis, ha dicho. La cría, en el veintiuno. Estos sí que siguen apuntándose a todas; cuanto más largas, mejor. Al viejo le cuesta coronar dos repechos y se ve rodeado de los más relajados participantes, globos, estilos y marcas y … no es su guerra. Él pertenece a la cuadrilla de los que no paraban, ni casi charlaban, ni hacían elíptica en el gimnasio. No bebían más que un sorbo y no necesitaban más que un ritmo.

Su maratón era el de los carriles centrales de Bravo Murillo o el del silencio de la Casa de Campo. Pero parece que las cosas quieren ir cambiando, poco a poco, como una cuesta abajo paralela a su edad. Su cuerpo le pide calma y le requiere de más gasolina para afrontar más horas en marcha. Sin embargo, se niega a portar riñonera, caminar entre avituallamientos o visitar al proveedor de geles o barritas. Es viejo, es poco más de lo que se puede decir. No es sabio, no entiende que todo cambia. Pensará que no merece la pena intentarlo de nuevo y tener que dejarlo, como esta vez, sobre las tres horas de esfuerzo. Tres horas para veintisiete kilómetros, masculla de regreso a casa, con la mochila sobre las rodillas, tras pasar a recogerla por un ropero kilométrico situado al final de una zona de descanso interminable. Joder, hasta la zona de después de meta es enorme, piensa. No hay otra manera que rodearla y pasar por el arco de meta. Pasar por el aro, otra vez.

Son demasiados años pasando por el aro. Setenta largos años, como para convencerlo de tantas cosas. El viejo no volverá a inscribirse a un maratón. Explícale que nos estamos riendo en twitter porque aparece como ganador de la categoría de superabuelos sin pasar por los controles intermedios del treinta en adelante. Al tiempo que baja del coche y coge la mochila con la ropa sucia, la del último intento, sigue pensando que bastó probar con sesenta y ocho años. Cinco horas y pico no es correr un maratón, decía.

Convéncelo tu de otra cosa. El viejo ha arrojado la toalla. Correr treinta kilómetros y caminar doce no es correr un maratón.

Según él.

Anuncios