Hay dos momentos clave en la historia de Bilbao: cuando Lopez de Haro concedió el fuero de villa a la ciudad (era sobre el 1300) y cuando a las 13.00 descubría yo un pintxo de muselina de jamón en el Café Iruña, en Barástegui 4. El viaje relámpago a la capital de la ría del Nervión tenía, necesariamente, que caer en domingo 13. Este cúmulo de numerología al teclado me está despistando. En realidad es el programa-bechamel de Buenafuente que tengo de fondo – quede constancia que la base del post está horneándose desde el mismo día de regreso, por su excecional interés. Venga, pongámonos al lío. ¿Se merece una ciudad tal un viaje de pocas horas? Un viaje breve se planea a ritmo de Blitzkrieg Bop. ¿Relámpago? ¿Qué es un viaje relámpago? ¿Te gustan los Ramones?

Más aún ¿Qué se puede hacer en, apenas, trece horas?


1. Para empezar, madrugar mucho. Existe un vuelo que parte de Madrid a las 6.20am. Ryanair te deja en suelo bizkaino tan pronto que todavía no sabrás si el último café que tomaste era de cena o de desayuno. La hora ideal para ver los primeros rayos de luz incidir sobre la terminal del aeropuerto (La Paloma), diseñada por Santiago Calatrava.

2. Soltar el autobús del aeropuerto (trayecto terminal-Alameda Rekalde en 15 minutos) y desayunar en la tranquila cafetería del hotel Silken Gran Hotel Dómine. Seguimos la recomendación expresa de uno de los operarios que rastrean a pie del cañón, de los que nunca descansa: un empleado de la funeraria de Rekalde. Efectivamente, está abierto y el turno de noche deja listos los primeros pintxos a las 8am. En la barra, frente a un muy negro y damérico ambiente, nos explican que, en fin, Bilbao está recuperando el camino frente a Donosti, que aspiran a asaltar ese cetro mundial del pintxo. Bien, pues. Demuéstrenlo. Nos arreamos unos cafés con unas acumulaciones de merluza rebozada con cebolla deshidratada caramelizada, un panecillo de semillas con salmón, mis hijos se embuten uno de purrusalda, y comprobamos que la pelea va a ser un placer. Aceptamos el reto.

3. Asistir al baldeo de la piedra caliza de las escalinatas del Guggenheiem a primer ahora del día. La piedra amarillenta es empapada con rigor y las juntas se tratan con un químico especial para su conservación, con el resultado de un precioso tono de limpieza cálido, casi valenciano (en fin, la piedra se trajo de Andalucía), dejando avergonzado al titanio y sus chorretes. La humedad y el río se besan. Las estupendas condiciones de Bilbao para que todo reverdee han dado porte a los nuevos árboles del parque de lo que antaño fue la zona de Abandoibarra. Paseemos el curvón que traza el tranvía desde el Euskalduna, y busquemos paz en los tubos metálicos de los tres anillos enlazados.

4. Remojarse. Incursión en metro hasta el mar. Inaugurado en 1995 con estética Norman Foster. Anillos enlazados en el mapa y en las bocas de acceso al estupendo servicio suburbano. Ocho paradas desde San Mamés, dirección Plentzia, llegamos a Neguri. Un habitante de las megalópolis cazurras del interior adora salir de una parada de metro y salir al mar. En este caso son escasamente las diez de la mañana y , el conjunto (recuerda, hemos madrugado mucho) rebosa vida matinal, clase, mansiones escalonadas mirando como miraba al mundo la familia Lezama, nos deja en un paisaje costero excelente. Las escalinatas abajo, sandalias fuera, y a meter los pies en el helado Atlántico (¿dijimos mar? ¡océano!).

5. Templarse en el Victor Montes. Este bar es una antigua tienda de ultramarinos en la Plaza Nueva, plaza mayor entre las mayores, a espalda de las siete calles bilbaínas, del Teatro Arriaga, que quiere ser la ópera de Garnier. En la plaza gritan los pájaros y pululan los habitantes del Bilbao de más edad. Unos y otros están más o menos encerrados, los pájaros en jaulas, los conejos en jaulas y los jubilados en sí mismos, así que optamos por buscar la libertad de una de las barras llenas de pintxos. El embaldosado elegante en azules y blancos nos transporta a la época de los sombreros hongos. Los camareros de impecable trato nos transportan a días donde el cliente era ‘usted, señor’ y aún no existía el polémico ‘euskotrato’. Un txakolí y variaciones sobre pan. Los niños optan por suculentas construcciones de Lego con purrusalda y ensaladillas de katxa (palitos de cangrejo), los adultos, algo más cárnico o, en nuestro caso, atún de norte y anchoa del Cantábrico.

6. A escasos metros está un abuelo arrinconado con una oferta variada de posters, tebeos, libros y CDs. Ha dejado abierta la boca con un gesto nebuloso que indica hacia el Café Bilbao. El ‘Bilbao’ también pertenece a la legión de embaldosadas joyas, por las que vamos optando y dejamos a nuestro pesar otros imprescindibles del Casco Viejo (Irrintzi, etc). Un sucesor de los actores escundarios de las filmaciones de la guerra nos atiende en modo autómata pero sin perder la cordialidad. Recordamos que visitar zonas de bares con niños añade confusión y quita eficacia al tapeo. Nosotros intentamos facilitar las cosas al actor secundario con sus marcas de viruela y flequillo engrasado. Nunca se sabe. Más txakolí bilbaíno, fresco, manzanoso, croquetas de bacalao, croqueta de chipirón con ajo (comentan que resiste como bandera tras el concurso de pintxos de 2011). El paraíso.

7. Después de comprobar que en el Ereka ya no tienen las legendarias pelotas rellenas de bacalao y huevo de los domingos, cambiamos de zona. Atención domingos, la zona de Diputación y Ledesma decae un tanto sin las tiendas abiertas. Esto es un punto que Bilbao debe plantearse como destino turístico. Con el Peri cerrado y Artajo como una de las pocas opciones, evitamos los cerrados escaparates de Zara y las sombras de una bonita calle y nos tiramos de cabeza a una de las grandes paradas de la ciudad: Cafe Iruña. Levantemos los culos de nuestros asientos. Firmes todo el mundo. El Iruña es otro templo laico de la seriedad del pintxo. No tienen ni tinto cosechero, por no tener, a pesar de vivir una segunda juventud como vinos de maceración rápida, carbónica, subiendo valores como Baigorri o Erre Punto (de la DO Rioja Alavesa). Cae entontes un crianza de las mismas riberas alavesas y unas excelentes pruebas de la cocina de plato chico: roll con ensalada y carne, una superior muselina de jamón, croqueta de Idiazábal, que nos dejan casi listos para la extrema unción. En el recodo de la puerta corre el aire y corre la comida. De ninguno nos podemos sustraer.

8. Última ronda, calles del ensanche alrededor de Licenciado Poza. Distinguir, según apetencias, entre corbateo y palillo. Entre bronceado y pantalón de chándal. Evité por razones diversas el lateral de Gran Vía. El Globo, La Olla (una barra de pintxos desierta y donde reinaba demasiado pan de bocatín) son sitios donde es preferible acomodarse con gente mayor, mejor abrochada y quizá sin niños. A pesar de ello, las parejas del centro insisten en vestir de domingo a sus mozuelos y mozuelas y llenan de alegría y de lazos enormes las calles peatonales. Idéntica queja del magnífico callejón García Rivero, donde los sitios nos quedaban algo pequeños y exigían un poco más de seriedad (Huevo Frito, Txistua). En cualquiera de los casos hay variedad suficiente. Son tan flexibles nuestras cinturas y tal es la variedad que podemos descartar chulescamente a Juantxu, al que ya rendimos copiosa visita en una ocasión anterior y, en la acera opuesta, nos zambullimos al fondo de la marisquería Sotera. Cosmos de barullo, poteo y casi veinte metros lineales de variedad pintxística. Nos recordó decenas de bares de otras latitudes y dividimos las sensaciones; unos nos sentimos como en casa y otros vieron que la cosa estaba extendiéndose por derroteros demasiado familiares. Así que apretamos los dedos contra los vasos, los pintxos de tortillas megalíticas -por tamaño- con setas, con lacón, los de pulpo y de gambas con cobertura de rebozado. Hagan hueco, señores.

9. Digestión y retorno. Las posibilidades de bajar las calorías en la primavera bilbaína pasan por a dejarse caer al lateral del parque de Doña Casilda, lanzar a los críos a los terrenos de juego de la zona Guggenheim y desembocar, por itinerarios variados, en la plaza Moyúa. Ahí nos recoge la lanzadera al aeropuerto. Nosotros optamos por el frente del Nervión, bajo la araña que parece un gigantesco pintxo de raba de calamar (escultura creada por la francesa Louise Bourgeois), y escalando a la vertiginosa plataforma del puente Príncipes de España.

De Moyúa a la terminal que nos vió llegar a primera hora, apenas quince minutos en los que la expedición bufa, sestea y mira de lejos, por las ventanas, los montes de Artxanda, San Antolín, preparando otro viaje relámpago para una mejor ocasión. Que la habrá. Como el Don Corleone definió en la archiconocida escena, Bilbao nos hizo una oferta que no pudimos rechazar.

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