He dejado en el blog de El Relato del Mes un breve que me surgió de una pasada por los soportales de una entrañable ciudad española. La URL es http://elrelatodelmes.wordpress.com/2012/05/26/mayor-36-spanjaard/. Lo copio aquí para que lo podáis disfrutar unos y otros. Digamos que, a falta de batallas dignas con la zapatilla, sustituimos el drama personal del deportista que ha perdido la forma física por el drama del escritor advenedizo.

Mayor, 36.

Un tendero asoma entre los artículos de su escaparate su coronilla oblonga, con media docena de pelos en travesera, como si la garra de un dragón estuviera sujetándole los huesos parietales, guiando sus movimientos. Casi da contra el cristal. La coronilla asoma con dificultad entre una figura doble de un Quijote y un molino, un desfile de muñecos en miniatura, y da paso a dos brazos articulados que sostienen un papel. Dos brazos metidos en unas mangas que estorban y se repliegan, temerosas de la luz exterior. El tendero parece el espíritu que mueve a las figuritas a luchar en el frente, un campo de batalla acristalado, en el estático desembarco cara a la calle.

Hernando Herrero regenta una tienda. Vende todo un universo alrededor de los recuerdos en una ciudad de cierta determinación cultural. Ciudad mediana, abigarrada, con mucho paseo por la calle Mayor. Cumplirá sesenta años la próxima primavera. Es cojo. Tiene bolsas grisáceas en los párpados.

La complejidad de sostener un negocio antiguo en mitad de una paseable riera sin agua, sustituida por un cauce de losa de granito, levantar el cierre todas las mañanas cuando termina el baldeo, esperar con los brazos cruzados sobre una chaqueta de punto, todo ello son maneras de esperar que llegue la muerte, en pie. Como tendero, a medias, acepta su destino de renovación constante. Abre una carpeta azul apagado. Saca celo y adhiere un cartel del tamaño de una cuartilla holandesa. Se lo ha dejado su hermana Beatriz, como encargo. Pero ahí sigue, sin colocar. Hace un tiempo que un cartel de las fiestas debería dejar sitio. Además quitaba demasiada luz al estrecho interior del comercio. Los soportales de la calle Mayor son oscuros y un pilar cuadrado quita más claridad a dos metros lineales donde caben las letras FLASH y un treinta y seis cobijado en un círculo. Como en una plaza de toros.

La rotulación, seca, birriosa, reza empequeñecida: SOUVENIRS EN EL INTERIOR. La mensajería no puede ser más apagada. Ni, el impacto, más triste. Una figura de una bailarina sevillana hace un escorzo y su vista ciega de botones negros topa con la tristeza del medio folio. El tendero mira con desgana hacia su mirada de plástico, sin encontrar un retorno.

Desde la terraza de la cervecería contigua, también en un número treinta y seis generoso que cobija portal, doble local de comercio y hasta un treinta y ocho — antiguo, reconvertido- un viajero con barba blanca y desorganizada apura una cerveza, de caña. Las cañas para cervezas de caña están desapareciendo de Madrid, escribe el viajero matusalénico a un amigo epistolar. Deberías verlo – anota en un cuaderno de hojas en vertical, de una raya – cuando no te la sirven en una copa redonda llena de marcas en el cristal, como asteroides, te cae en una especie de vasos cortos y anchos y casi transparentes, como de zurito, venga coño, afortunadamente no todo es así, chico, al lado de la cervecería hay una tienda de recuerdos absolutamente epatante. La rige una tortuga que ha asomado la cabeza al ventanal y que ha adherido un trozo de papel insípido. Si la miras con tranquilidad, la tienda lo tiene todo aunque aparenta no poseer nada.

El comerciante Herrero se quita el frío de los últimos días de primavera con su chaqueta de punto, que ha perdido la batalla contra la vergüenza y ha visto sus mangas extendidas de nuevo a lo largo de unos brazos velludos y anchos. Hace tiempo mientras llega el siguiente fin de semana, el último de su turno. Le dará el relevo su hermana mayor, la que sí se parece a su difunto padre. Se ocupa de la tienda de modo idéntico. Meticulosa con lo superficial pero abandonada en la sustancia. El tendero mira hacia el exterior desde unas bambalinas imaginarias. Las figuras están de espaldas ofreciendo sus raras poses y geometrías al contraluz de la porticada calle Mayor, excepto un tramo tenebroso tapado por una columna enfoscada. Desde dentro observa maniquíes que ruedan lentamente y se detienen a mirar las cuatro barbaridades del tipismo de la ciudad. Los peatones se agachan y acercan su nariz ligeramente al ventanal. Y van. De billones de paseos por la arteria carótida de la ciudad, alguno, dos o tres sueltos, pasan dentro y compran dos postales o un cervantes sentado en un atril, o un juego de lápices porque todavía quedan restos de un acercamiento familiar a la papelería. Una aproximación inerte.

§

Para los turistas no existen diferencias entre laborable y festivo. Es lunes, el turista está de nuevo presto a tomar asiento en la misma terraza. Saca su cuaderno de cartas, pidiendo la caña, ya casi cotidiana, desde el mismo esquinazo del aterrazado. Cuenta que está de viaje en la ciudad por tal razón, entre turística e intelectual. Tendrías que ver la pasión de esta ciudad por su cañeo, eso sí, en vaso de toda la puñetera vida, anoche — garabatea con un bolígrafo de promoción de su editorial – estuvimos hasta las tantas con la gente de la universidad y dos jóvenes encantadores, aprendices un poco de escritor y un poco de periodistas. Imagínate, entre tostada y tostada, pasamos de Cisneros a Paul Auster, que ha pasado por Madrid estos días.

Se detiene mientras pasa una servilleta de papel por el fondo del vaso de su cerveza, que forma una laguna con un vacío en el centro. Levanta la vista y se acuerda del tendero con cabeza de quelonio. Ha cambiado el cartel: “¿Y, SI HOY, NO?”. Redondea el culo del vaso con los márgenes de su dedo corazón y limpia el goteo de la cerveza restante. Si hoy no, ¿qué?

No resiste a levantarse de su privilegiado mirador y entrar en la tienda. La pregunta se queda suspendida en el aire mientras rodea una columna. ¿Y si hoy, qué? El hoy frente al ayer, anota, y se incorpora levemente sintiendo que sus huesos están claveteados al aluminio de la silla de la terraza. Ve que la perspectiva de la tienda de recuerdos está también acotada por dos cíclopes de piedra. Uno es un pilar deteriorado en una de sus esquinas, viejo, usado probablemente para afilar cuchillos durante siglos. Su sobrino, un pilastrón de piedra casi nueva, ayuda a sostener una viga de madera. La columna añeja es la frontera con un territorio más noble, el de la farmacia. Paga la cuenta de la cerveza y cierra sus notas. No se resiste a la curiosidad del comercio y franquea la campanilla que le da la bienvenida a un húmedo local.

—Buenos días – desde la distancia.

—Buenos días. ¿Le importa si miro alguna cosilla?

A la casona sobre la farmacia le regalaron un estucado fantástico, está pensando Hernando desde su oscuro refugio. Sobre sí hay una casona igual de casa pero menos, de ladrillo, sin regalo de la mampostería. Fue dejada de lado y malvendida por su padre y terminó troceada por el comprador.

—No, ya ve usted. Adelante.

Sobre la tienda queda apenas un recuerdo mohoso de los años en que la casona era su dormitorio.

— ¿Le importa si le hago una pregunta?

Unas escaleras angulosas y la cocina donde su madre cortaba tajadas para la comida del sábado y alineaba rosquillas de Alcalá en unas fuentes metálicas traídas de la tahona.

—Me ha llamado la atención…

La galería cubierta ya no acoge sus zapatos.

—Faltaría. Dígame.

Ni siquiera puede asomarse a ella esperando que subiera alguien conocido en las largas horas en que sus padres se hacían cargo de la tienda. Hernando pasó media infancia esperando en mitad de una poliomielitis que le dejó anclado al primer piso.

— ¿Espera que ocurra algo diferente mañana?

—Lo dice por el cartel, supongo – contesta el tendero – Ya ve. No ha habido muchos cambios últimamente así que quizá debería tentar la suerte un poco.

Su hermana mayor servía en Madrid y ahí terminaban las conexiones emocionales de su entorno. Cada hora o dos horas subía su madre a desdoblarse entre tendera y madre.

—No he visto movimiento en una hora larga. Esto se le hunde, ¿cierto? Le contaré una cosa si me permite — prosigue el viajero – Mi hermana lleva dos años pensando echar el cierre a una tienda de ropa, bueno, similar a esta suya.

—Me pinta usted el panorama como para animarme.

El otoño en que finalmente pudo caminar correctamente, el muchacho fue asignado a la producción de la familia.

—No sea tan radical. Verá. Negocios como el de ella y el suyo están condenados salvo que se reinventen. Piense algo diferente. Un cambio no le vendrá bien o, en el próximo invierno, le veo a usted cerrando. Se lo digo como lo siento, mi hermana tiene las mismas posibilidades que veo aquí.

Perdía demasiados cursos en una enseñanza reglada para la reiteración tardocatólica, hecha para el porque sí. Qué iban a saber aquel maestro gafudo y su mujer del aislamiento, de estar esperando en la balconada, incrustado en un sillón de mimbre.

—Pero usted es un hijo de puta. Menuda sarta de ánimos.

Así que le pusieron a trabajar con recadillos en la tienda, que pasó de colmado a tienda de regalos. Hernando un buen día se quedó sin pelo y se calzó una chaqueta de punto y, al poco, colocó un cartel.

El tipo de la barba blanca ríe con una especie de divina suficiencia.

Hernando Herrero destrozó el escaparate a medianoche, pensó en suicidarse y dejar los recados pendientes por dar a su hermana, la que se marchó a servir a Madrid y no sufrió la soledad del niño enclaustrado. Ya se pondría al día con la tienda.

El fotograma encuadrado por la viga de madera, las dos columnas y el negro de los márgenes de la noche, había sido cortado por un censor. Que había dejado un cartel en el escaparate precintado por la inspección de policía: “OS AVISÉ AYER, Y MIRA”

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