Son las nueve menos diez. He dejado escrito que volvía de correr poco más de las nueve pero, evidentemente, mis mejores años pasaron ya. No aguanto media hora extra y regreso. Las ventanas abiertas, ventilando la casa en una calurosa matinal de Junio. Están todos en danza. Aparentemente.

Toco el telefonillo y no abren. Estarán jugando con la consola. Insisto. Sordera absoluta. En pleno invierno estaría congelándome. Estiraré un poco en mitad de la calle y esperaré. Las opciones son la de una expedición matinal al trastero, que hayan bajado a por churros, a casa de mis suegros a entregar una bolsa con ropa (tenemos jodido ese maravilloso electrodoméstico que gira sin parar), o que un sicario del running hubiera entrado pistola en mano y los hubiera acribillado.

De todas las opciones fue la peor. Un espíritu maligno había entrado en casa y los había poseído. A los treinta segundos oigo el gorjeo de sus gargantas calle adelante. Vienen de correr. Estas semanas anteriores se habían estado mirando las barriguillas y comentaron que deberían empezar a correr. ¿No tenéis otro ejercicio menos tedioso? En septiembre pasaréis de dos a tres sesiones de kárate semanales.

Pues no. Venían alborotando el despertar de los habitantes del mundo subhumano de mi barrio. Provocándolo. Jolgorio. Papá, venimos de entrenar. En el caso de los mesiánicos lectores de este blog, de revistas donde se rinde culto a la pata liebre, muchos padres estarían emocionados por esa transformación de niños correr-es-aburrido al papá-salimos-a-correr. Sé que sois corazones nobles. O blandos. Vivís convencidos que imbuir el espíritu runner en los niños, aprovechar que papá o mamá llegan sudados a casa y relanzarlo hacia sí, es todo ello sano, noble, les enseña valores como el esfuerzo, la humildad.

Yo sé que es una frontera peligrosa. Si mis hijos, en pleno crecimiento, empiezan a trotar y a quemar calorías una vez a la semana – se han animado a hacerlo los sábados o domingos, con su madre – estas dos trituradoras de sólido que viven bajo mi tutela necesitarán más carburante.
Vosotros no tenéis que darles de comer. Ni os quedáis sin sobras para el tuper del trabajo. ¿En qué callejón estoy metiéndome?

Hoy han hecho el debut, niños y madre supuestamente no dotados para la carrera, más fuertes que ágiles, más resistentes y toscos que veloces, salían (dicen) a hacer un kilómetro. Si corrían o trotaban ocho minutos se daban por satisfechos. No me fiaba. Fijos del pelotón de los últimos en los croses escolares.
Y vienen después de hacer veinte minutejos, sonrientes, alborotando a cuantos habitantes de plantas bajas y primeros pisos yacen perezosos en el primer y único frescos de sus camas. Han hecho casi tres kilómetros.

Enternecedor, sí. Pero vienen con hambre. Y contentos. Es la misma combinación que hundió al Reich, pero ellos no lo saben, es para ellos una droga. Comer con alegría. Dios mío, ¿así tratas a los que no creemos en ti?

Los datos. http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=2916264

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